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sábado, 31 de mayo de 2025

El presidente Trump y la paz en Ucrania



Alfa & Omega del periódico ABC publicó esta breve entrevista el 13 de marzo pasado. En la entrevista, respondí a las preguntas que me formuló José Calderero de Aldecoa sobre la complicada cuestión del futuro de la guerra en Ucrania. Por el momento, nadie tiene la solución, pero aquí argumento que sería mejor una paz, aunque no sea satisfactoria para nadie, que continuar una guerra de desgaste dolorosa y destructiva para todos. La entrevista se encuentra en este enlace: https://alfayomega.es/de-la-bronca-oval-al-alto-el-fuego-asi-ha-cambiado-el-curso-de-la-guerra-de-ucrania-con-trump/

La imagen de Zelensky y Trump discutiendo acaloradamente en el Despacho Oval dio la vuelta al mundo. ¿Qué pasó ahí?

La discusión en el Despacho Oval se produjo porque hubo un cambio de tendencia abrupto por parte de Estados Unidos, que dejó a Zelensky descolocado. Esta no era la música que había estado escuchando hasta entonces y por eso reaccionó de una manera un tanto arrogante. Hay que tener en cuenta que la posición de Ucrania es de debilidad en el terreno militar, político y económico. Pero como contaban con el respaldo de Biden y de Europa, Zelensky se pensó que siempre sería así y ahora las cosas han cambiado. El cambio de ritmo le pilló por sorpresa.

¿Qué ha pasado para que en el transcurso de unos pocos días hayan pasado de gritarse a pactar un alto el fuego?

La discusión fue inesperada. Algo único en las relaciones internacionales. Nunca habíamos visto al presidente de un país responder con tanta insolencia al homólogo que más le está ayudando. Fue un shock, pero era lógico que las aguas volvieran pronto a su cauce. Ucrania ha tenido que recapacitar y entender que se tiene que adaptar a la nueva política de Estados Unidos. En este sentido, ha hecho de la necesidad virtud. Aunque en realidad la aceptación de Ucrania de los términos del alto el fuego planteados por EE. UU. se debe a su debilidad. De hecho, si ha podido resistir los ataques de Rusia, frustrar sus planes, es solo porque contaba con los recursos de los americanos y de Europa.

¿Hay intereses estratégicos detrás de este movimiento?

El alto el fuego era absolutamente necesario. Tanto la administración Biden como los europeos se habían metido en un callejón sin salida. Esta es una guerra sin solución, porque ninguno de los contrincantes puede conseguir su objetivo. Ni Rusia puede conquistar y ocupar toda Ucrania, ni Ucrania puede recuperar ahora mismo todo lo que era su territorio inicial, que es un territorio disputado. EE. UU. y Europa tuvieron el mérito de defender a Ucrania, pero la posición llevada hasta el final era imposible de sostener. Al final, el apoyo permanente a Ucrania significaba, como estamos viendo en los últimos meses, un estancamiento de los frentes y una guerra de desgaste. Así, hubiéramos estado dando recursos solo para que los soldados se mataran en el frente, con todo el sufrimiento de la gente que eso conlleva de uno y otro lado, y para favorecer a la industria del armamento. Una guerra así es una sangría para la sociedad internacional y un deterioro moral para todos. Por ello no me parece una buena decisión la que se tomó en Europa y Biden de continuar con el conflicto, y menos aun teniendo en cuenta que la UE tiene como propósito en su tratado fundacional el buscar la paz y la solución de los conflictos. Y, al contrario, la propuesta de un alto el fuego me parece la mejor solución. Trump puede tener malas ideas en otros campos, pero esta no es mala en absoluto.

Todavía falta que Rusia acepte el alto el fuego.

Sí, pero yo creo que se llegará a un acuerdo. Rusia tendrá que aceptar esta solución intermedia, que en realidad no satisface a ninguna de las dos partes. Todavía estamos viendo ataques de última hora, pero hay que dar prioridad a la paz frente a una guerra sin solución que provoca sufrimiento y gasto militar. En este sentido, la posición de la UE de que nos tenemos que rearmar es simplista y belicista y va en contra de sus principios fundacionales. Hay que recordar el famoso «si quieres la guerra, prepara la guerra», lo cual históricamente ha tenido consecuencias muy negativas. Yo soy más partidario de «si quieres la paz, busca la paz». El rearme va en contra de lograr una solución al conflicto. Creo que Europa está haciendo un mal análisis de la situación. Porque además hemos dado por cierto que Rusia va a continuar con los países bálticos y Polonia tras acabar con Ucrania, pero yo no estoy tan convencido de eso. Es solo una posibilidad, pero no podemos creer que eso es la verdad. Otra posibilidad es que Rusia quisiera hacerse con Ucrania porque considera que es parte de su territorio, sociológicamente y culturalmente, pero que después no quisiera desarrollar una acción militar en otros países de la OTAN. Date cuenta que dese el punto de vista estratégico Rusia tiene una posición de debilidad. La guerra de Ucrania ha demostrado que no es capaz de alcanzar unos fines militares como es ocupar un territorio con el que comparte frontera y que considera suyo. Entonces, entrar en un conflicto con la OTAN pues no es algo que hay que dar por hecho, como se está haciendo en parte de Europa.



martes, 12 de diciembre de 2023

Los horrores de la guerra y el Derecho Internacional


 

Estamos viendo escenas de barbarie en las guerras de Gaza y Ucrania, donde no se respetan las mínimas normas de humanidad. La comunidad internacional debería poner fin a los abusos contra los civiles, enfermos, ancianos, mujeres y niños. Publico este artículo "Los horrores de la guerra y la lucha por el Derecho Internacional" en la Revista El Notario del Siglo XXI. En el texto, explico las normas de Derecho Internacional Humanitario y animo a seguir exigiendo un mundo más pacífico, donde la guerra y la ley del más fuerte sean sometidas a cierta racionalidad. Texto completo aquí https://www.elnotario.es/opinion/opinion/12478-los-horrores-de-la-guerra-y-la-lucha-por-el-derecho-internacional

Las imágenes aterradoras de la guerra en Gaza y en Ucrania obligan a preguntarnos si la comunidad internacional puede hacer algo más para detener estas catástrofes. En el siglo XXI, las normas del Derecho Internacional deberían ser capaces de evitar tales desgracias, que parecen surgidas de otras épocas. El derecho debería poner fin a estos conflictos, prevenir otros similares, aliviar a las víctimas y, sobre todo, castigar a los culpables. Pero, ¿Qué autoridad puede hacer un juicio ecuánime? ¿Es posible aplicar la racionalidad a disputas enraizadas en la Historia que despiertan pasiones atávicas?

La guerra es la expresión máxima de la violencia, que hoy se ve multiplicada por armas de destrucción masiva y medios técnicos especialmente letales. En el último siglo, el sistema internacional ha introducido normas para prohibir el recurso a la guerra, regular la conducta durante las hostilidades y limitar el uso de armas nucleares. Pero este sistema es imperfecto. Aunque son menos frecuentes en nuestros días, el mundo sigue padeciendo el azote de guerras provocadas por litigios que no son susceptibles de someterse a ningún tipo de diálogo o arreglo pacífico. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 y el conflicto en Gaza tras el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre fueron originados por la necesidad, percibida como vital, de dominar el territorio, por la creencia en derechos históricos innegociables o por consideraciones religiosas, todos rasgos que las comunidades políticas implicadas consideran esenciales.

En Europa hemos encontrado una fórmula para salir de esas espirales de violencia. Tras siglos de guerras interminables causadas por el trazado de fronteras, los derechos dinásticos, visiones distintas de la misma religión y nacionalismos extremos, en Europa se encontró un método innovador para organizar las relaciones entre estados. El mercado común nació con el fin explícito de superar la guerra en el viejo continente. Después, la Unión Europea, la construcción política más notable del siglo XX, demostró que países que habían sido enemigos viscerales durante siglos podían convivir en paz y cooperar en beneficio mutuo. Pero este avance histórico sigue hoy confinado en nuestra área geográfica, mientras el resto del mundo (y también las regiones colindantes) viven bajo el espectro de las guerras.

            Una ventana de esperanza se abrió a lo largo de la década de 1990, con la reactivación del Consejo de Seguridad como gendarme internacional, el establecimiento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz, la ratificación del Tratado de la Unión Europea y otros instrumentos internacionales como el Estatuto de Roma de 1998. La Unión ofrecía un modelo de integración política, económica y comercial, y al mismo tiempo se mostraba dispuesta a contribuir a la resolución de conflictos y a favorecer el desarrollo económico en su vecindad y más allá. La Estrategia Europea de Seguridad de 2003 declaró tres objetivos estratégicos: hacer frente a las amenazas, fomentar la estabilidad en torno a la Unión, e impulsar un orden internacional basado en el multilateralismo eficaz. Sin embargo, evoluciones posteriores, como las guerras de Siria y de Libia o los conflictos en el Sahel, mostraron los límites de la acción exterior europea, con consecuencias negativas en esos espacios y para la propia Unión. Un ejemplo claro son las olas de inmigrantes y refugiados que provocan las guerras y que alcanzan nuestras costas. En política internacional, los europeos tienen dos opciones: o bien exportan estabilidad, o bien importan inestabilidad. Es obvio que deberíamos hacer más para incitar la correcta gobernanza y el desarrollo económico en torno a la Unión.

 

El Derecho Internacional ante la guerra

            Los europeos rechazamos la guerra y hemos hecho contribuciones importantes al Derecho Internacional en este campo. Nuestras sociedades son muy sensibles a los ataques inhumanos y al sufrimiento de civiles inocentes que inundan cada día nuestras pantallas. Las encuestas confirman que nos indignamos y exigimos una actuación más firme. Pero los mecanismos internacionales de que disponemos son defectuosos y no pueden responder a las expectativas de una sociedad avanzada. Para comprender el problema, es preciso ampliar el foco y analizar la estructura básica del Derecho Internacional que pretende introducir racionalidad y humanidad en los conflictos armados.  

            La regulación que el Derecho Internacional hace del uso de la fuerza armada contiene el ius ad bellum (cuándo puede recurrirse a la fuerza militar) y el ius in bello (cómo debe ser la conducta durante las hostilidades). Por lo que se refiere al primero, la Carta de Naciones Unidas es muy clara. La guerra está prohibida en el artículo 2.4, y las únicas excepciones son la acción colectiva del Consejo de Seguridad conforme al capítulo VII, y la legítima defensa de los estados prevista en el artículo 51. Desde 1990, el Consejo de Seguridad ha tomado medidas eficaces para la imposición y el mantenimiento de la paz, pero la gran traba de esta función de gendarme internacional es el derecho de veto de los cinco miembros permanentes. El Consejo no puede decidir en contra de la voluntad de uno de estos grandes, por lo que queda literalmente paralizado en los conflictos donde estén implicados. Esto se verificó en la invasión por parte de Rusia y la subsiguiente guerra en Ucrania, pero también en la guerra de Gaza, ya que Estados Unidos ha vetado históricamente cualquier decisión crítica con las actuaciones de Israel.

            La legítima defensa de los estados es un modo descentralizado de asegurar la paz internacional. De manera individual o colectiva, los estados defienden su territorio y disuaden los ataques de otros. Los actos de agresión son ilícitos, mientras que una respuesta militar proporcionada está amparada por el Derecho Internacional. El problema en este caso es que la legítima defensa se define ligada al territorio del estado, por lo que presenta una calificación difícil en los espacios disputados. Dos países pueden alegar que están actuando en legítima defensa cuando luchan por un territorio que es objeto de litigio. Esta situación se observa por ejemplo con respecto a Crimea. La península forma parte del territorio de Ucrania desde su independencia en 1991, pero algunos expertos argumentan sobre su titularidad. Una figura como Henry Kissinger ha afirmado recientemente que Ucrania no debe luchar para recuperar Crimea, un territorio que históricamente fue parte de Rusia.

            La legítima defensa debe ser proporcionada y debe comunicarse al Consejo de Seguridad para que adopte medidas frente a la primera agresión. La proporcionalidad es muy importante porque la acción militar lícita debe ajustarse a un fin defensivo y no puede utilizarse para otros propósitos. Por eso, Israel insiste tanto en que el objetivo de sus operaciones es liquidar a Hamás y no castigar al pueblo palestino de Gaza. Sin embargo, la desproporción de la respuesta militar israelí ha sido destacada por conocedores del conflicto como Javier Solana

            El ius in bello, también llamado Derecho Internacional Humanitario, contiene las normas que regulan la conducta durante los conflictos armados. Aquí es relevante destacar que existen dos marcos de regulación: el derecho derivado de los Convenios de Ginebra, que tienen valor universal, y el que emana del Estatuto de Roma de 1998 en el cual se estableció la Corte Penal Internacional, con un alcance más restringido.

            Los crímenes atroces perpetrados durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo el Holocausto del pueblo judío, motivaron la constitución de los Tribunales de Núremberg y de Tokio. Poco después se adoptaron los Convenios de Ginebra de 1949 que incluyen principios como la protección de los prisioneros de guerra, el deber de distinción entre militares y civiles durante los conflictos, así como el respeto debido a los no combatientes, al personal humanitario y a las instalaciones médicas señaladas con el símbolo de la Cruz Roja y otros similares. Los Convenios han sido ratificados por todos los países por lo que tienen una validez universal, aunque su aplicación práctica no es homogénea.

Los estados están obligados a introducir esos principios en su legislación, y muchos lo han hecho de manera impecable. Los artículos 608 a 614 de nuestro Código Penal recogen dichas normas y remiten en diversos puntos a los Convenios de Ginebra. Las Reales Ordenanzas que rigen la actuación de los militares españoles hacen lo mismo, precisando: “El militar conocerá y difundirá, así como aplicará en el transcurso de cualquier conflicto armado u operación militar, los convenios internacionales ratificados por España” (artículo 106). La vigencia de estas normas ha dado lugar a sentencias en los tribunales estatales por incumplimiento del Derecho Internacional Humanitario, como el caso Donald Payne (2006) en Reino Unido por maltrato a prisioneros, o el caso Mahmudiyah, U.S. vs Green (2009) en Estados Unidos por crímenes de guerra cometidos por militares norteamericanos en Irak. Aunque existen sentencias de aplicación de estas reglas de humanidad en la guerra, muchos abusos quedan impunes o pasan desapercibidos. Las razones principales son la pasividad de los estados que protegen a sus propios militares, hagan lo que hagan, y la dificultad de acceso al frente de guerra o a escenarios remotos, que hace imposible fiscalizar lo ocurrido.

Teniendo en cuenta ese marco universal de regulación, es triste comprobar que ni siquiera los estados miembros de la Unión Europea pueden ponerse de acuerdo a la hora de reclamar su respeto en determinados conflictos, o un alto el fuego.

El otro gran ámbito del Derecho Internacional Humanitario fue creado por el Estatuto de Roma de 1998, que instituyó la Corte Penal Internacional (CPI) activa desde 2002. A falta de un código penal internacional, el Estatuto también incluyó una tipificación detallada de los crímenes que puede juzgar, describiendo de forma minuciosa las conductas que constituyen delitos de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra (artículos 6, 7 y 8). La CPI disfruta de una jurisdicción complementaria a la de los estados, basada en la obligación de los países miembros de extraditar o juzgar (aut dedere aut iudicare). La CPI puede ponerse en marcha porque un estado extradita a un sospechoso, cuando el fiscal de la Corte imputa a un posible criminal, y cuando el Consejo de Seguridad así lo solicita. La Corte ha tenido una actividad importante hasta el momento, aunque centrada en conflictos e infracciones cometidas en el continente africano.

Algunos activistas y medios de comunicación dan a entender que la CPI debería perseguir los crímenes de guerra cometidos en conflictos como el de Gaza o Ucrania. Existen evidencias de que diversos bandos han practicado el asesinato de civiles, la toma de rehenes y el ataque a escuelas y hospitales. No obstante, hay que tener en cuenta las limitaciones de la CPI porque, por su propia naturaleza, tampoco puede juzgar todas las transgresiones. Los países que no son parte del Estatuto de Roma niegan la jurisdicción de la Corte, y por tanto se reservan para sí cualquier posible investigación y castigo de la conducta de sus militares. Países como Argelia, China, Cuba, Estados Unidos, India, Indonesia, Israel, Pakistán, Rusia, Turquía o Ucrania no han ratificado el Estatuto. Esto significa que, en aquellos conflictos armados en los que participan estos países, y a falta de una inspección del propio estado, la comunidad internacional tiene escasos medios para reclamar el respeto a las mínimas normas de humanidad, lamentablemente.

En estas circunstancias, y por mucho que existan reglas de obligado cumplimiento como los Convenios de Ginebra, la presión política, el escrutinio de medios independientes y la voz de las organizaciones internacionales son los únicos rayos de esperanza para su eventual respeto. Por ejemplo, conforme se desarrollaba en Gaza la respuesta de Israel al ataque de Hamás, cada vez más países reclamaban contención al Gobierno de Netanyahu, y la sociedad civil en Europa y Estados Unidos criticaba abiertamente sus actuaciones contra la población palestina. Estos movimientos pueden considerarse escaso consuelo para las víctimas, pero es la única respuesta posible cuando las realidades de poder no permiten una reacción institucional.

 

El avance del Derecho Internacional

Ante un sistema imperfecto, debemos seguir trabajando para que la violencia extrema de la guerra respete principios básicos de humanidad. Lo que Rudolf von Ihering llamaba la lucha por el derecho en el estado ahora se continúa en la arena global, donde es preciso avanzar hacia una comunidad internacional de derecho, en la que principios como racionalidad, igualdad y justicia se impongan a la ley de la selva.

A lo largo de las últimas décadas, el Derecho Internacional ha expandido sus ámbitos de regulación y la eficacia de su cumplimiento ha aumentado. Aquel viejo augurio de que esta rama del derecho no existe o no es derecho ha perdido validez. Una pléyade de normas y estructuras internacionales facilitan el comercio entre estados, los movimientos humanos, la homologación de productos, la navegación aérea o las telecomunicaciones. Al mismo tiempo, otros sectores estrechamente unidos al hueso y al nervio de la soberanía siguen resistiéndose a una regulación internacional, como la capacidad de recurrir a la guerra.  

Con todo, la situación actual es mejor que en el pasado, y existen poderosos criterios para criticar las violaciones de normas aceptadas por todos. Esta mirada evolutiva indica que el Derecho Internacional está haciéndose y puede progresar. La participación de los estados democráticos es fundamental, como lo son las exigencias de ciudadanos de países de las más diversas latitudes que reclaman un mundo más pacífico, seguro y humano. Si somos optimistas y creemos que el avance es posible, la profecía se cumplirá y el mundo se regirá en el futuro por normas mejores e instituciones más fuertes.

 


jueves, 23 de febrero de 2023

La prioridad debe ser la paz


Con ocasión del aniversario del inicio de la Guerra de Ucrania, publico este artículo de opinión en la web de Alfa & Omega, suplemento del periódico ABC. Aquí se reproduce el texto, y este es el link al artículo: https://alfayomega.es/la-prioridad-debe-ser-la-paz/

La guerra de Ucrania es un reto político, jurídico y moral de primer orden. Un año después del inicio del conflicto, el impacto humanitario es enorme y la situación estratégica se encuentra enquistada. Aunque logre algunos avances, Rusia no podrá conseguir su objetivo inicial de ocupar Kiev y la mayor parte del país. Y Ucrania no podrá recuperar todo su territorio, incluyendo Crimea, como sus autoridades pretenden.

Los expertos indican que la evolución militar más probable es una prolongada guerra de desgaste. Si esto es así, los países occidentales que apoyan a Ucrania deberían plantearse si es conforme a sus principios y valores contribuir a tal estancamiento. Los miembros de la UE y de la OTAN tienen la loable intención de cooperar en la defensa de Ucrania, pero no basta con las buenas intenciones, es preciso calibrar también las consecuencias de los actos. Una perpetuación de la guerra durante años supondría costes humanitarios y económicos insoportables, y no ayudaría ni a la resolución del conflicto ni a la paz mundial.  

España y los países aliados apoyan a Ucrania sobre la base de que está actuando en legítima defensa. En efecto, la invasión rusa en febrero de 2022 fue un acto ilegal que dio a Ucrania ese derecho. Sin embargo, el uso lícito de la fuerza militar debe ajustarse a ciertos límites de acuerdo con el derecho y la moral. Ese es el sentido de la doctrina de la guerra justa: en determinadas circunstancias el uso de la fuerza armada está permitido, pero tiene que conformarse a unos fines, y el propósito último debe ser alcanzar la paz.  

La idea de la guerra justa fue elaborada por autores cristianos y después influyó en la prohibición de la guerra tras la Segunda Guerra Mundial. Los axiomas de que solo puede recurrirse a la fuerza militar con una causa justa (ius ad bellum) y de que, en todo caso, debe ejercerse respetando ciertas normas (ius in bello) están incorporados en el derecho actual. La doctrina de la guerra justa, que fundamenta la Carta de Naciones Unidas, fue elaborada en su día por teólogos españoles como Francisco Suárez o Diego de Covarrubias, y después ha sido actualizada por los filósofos John Rawls o Michael Walzer, entre otros. 

Según el Derecho Internacional, la legítima defensa es una causa justa para el uso de la fuerza militar, que siempre debe cumplir ciertas exigencias. La ardua tarea del derecho es introducir consideraciones racionales y humanitarias en los actos de guerra, tanto los realizados por el agresor como por el agredido.

El artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas reconoce la legítima defensa como un derecho inmanente, inherente o natural de cada Estado. A pesar de su carácter indisputable, este derecho debe ser ejercido con restricciones. Una bien conocida es la proporcionalidad: la acción militar debe estar destinada a recuperar el territorio y no puede emplearse en otro escenario ni dirigirse contra otros actores. Otro requisito prudencial importante es que la acción debe contar con posibilidades razonables de éxito para llevar a cabo el fin defensivo.

Esto es muy relevante en el contexto actual porque, en un conflicto donde la victoria total de cualquiera de las partes es inverosímil, resulta contrario a los valores de la paz contribuir a una prolongación de la guerra. En las hostilidades dilatadas en el tiempo solo prosperan el sufrimiento de los civiles, los riesgos internacionales, la venta de armas, y la degradación moral.  

Introducir la luz de la racionalidad en cualquier conflicto es siempre complicado. El Catecismo de la Iglesia Católica se ocupa de muchas situaciones conflictivas y en particular de la búsqueda de la paz en el mundo (§ 2309), donde declara: “Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar… La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común”.

Esperemos que los líderes políticos de los países occidentales no se dejen llevar por la rabia y el dolor que producen los abusos y la injustica, para así poder explorar caminos hacia la paz en un conflicto tan enconado. Como muestra la Unión Europea, ejemplo de superación de guerras territoriales, el objetivo último del sistema internacional debe ser la cooperación y el entendimiento entre los pueblos, incluso en casos que hoy parece irrealizable.    


miércoles, 15 de junio de 2022

Frenar la guerra, fomentar la paz


 El 9 de junio el diario ABC publicó esta tribuna sobre la guerra de Ucrania. La idea central es que España y la Unión Europea deben responder con firmeza, pero también deben evitar una escalada. La UE fue creada para fomentar la paz y no para participar en confrontaciones estratégicas.  

A continuación se reproduce el texto del artículo, que puede consultarse en este vínculo de Alfa & Omega.


Los cien días desde la invasión rusa de Ucrania han revolucionado la política exterior europea. Desde el mismo 24 de febrero, la Unión y sus Estados miembros expresaron una condena enérgica y ofrecieron ayuda a Ucrania. También dictaron medidas restrictivas contra Rusia para sancionar su violación del Derecho Internacional. Con el transcurso de los días, sin embargo, se produjo una evolución distinta: se pasó de condenar la invasión a considerar a Rusia como amenaza. La presidenta de la Comisión dijo el 12 de mayo: “Rusia es hoy la amenaza más directa para el orden mundial con su guerra bárbara contra Ucrania y su preocupante pacto con China”. Esto cambia el planteamiento de las relaciones exteriores de la Unión, que nunca antes había considerado a estos actores como amenaza. 

La nueva visión conduce a levantar muros que recuerdan más a la Guerra Fría que a la etapa de la globalización. Algunos socios europeos están haciendo planes para cortar los vínculos comerciales con Rusia en el largo plazo. Alemania ha aumentado su gasto militar. El temor a nuevas acciones militares rusas ha llevado a Finlandia y Suecia a solicitar su ingreso en la OTAN, iniciativa que ha sido apoyada en las capitales de la UE y en Washington. La Cumbre de Madrid de 29 y 30 de junio será la ocasión para dirigir la planificación estratégica de la Alianza hacia Rusia, dando menos importancia al flanco sur y a otros peligros acuciantes como el deterioro del medio ambiente.

La conclusión de que Rusia es un adversario de la Unión Europea se ha alcanzado sin un verdadero debate, en el calor de la réplica a una guerra injusta. Se fundamenta en el presupuesto de que Rusia tiene la intención de atacar militarmente otras partes de Europa. Por su lado, seguramente Rusia interpretará que las medidas tomadas son a su vez amenazas, lo que puede desencadenar una espiral con consecuencias muy negativas para el futuro de Europa.

Hay otra hipótesis de trabajo que no debería descartarse. Es posible que la invasión de Ucrania fuera el resultado de una reivindicación territorial mal resuelta por parte de Putin. Es probable que Rusia no tenga ni la capacidad ni la intención de atacar otras partes de Europa. Si esta hipótesis es cierta, sería un error colectivo alentar una competición estratégica, que supondría una vuelta al pasado con el riesgo consiguiente de una carrera armamentística y del empleo de armas nucleares.

Por supuesto, esto no significa que la invasión de Ucrania sea menos condenable. Rusia debería comportarse conforme a las normas internacionales de prohibición de la fuerza armada, respeto de los derechos y libertades, y no intervención en los asuntos internos de otros Estados. Cualquier reivindicación territorial debe ser perseguida por medios pacíficos.

La invasión rusa es ilícita y la respuesta europea debe ser firme, pero, al mismo tiempo, habría que evitar una escalada de consecuencias indeseables para la paz mundial. La Historia demuestra que las percepciones equivocadas conducen a enfrentamientos que podrían haberse evitado. En la etapa de la globalización, resulta esencial aprender esta lección del pasado, porque un conflicto de proporciones mundiales tendría hoy consecuencias nefastas.

A diferencia de las potencias tradicionales, la Unión Europea no está diseñada para participar en confrontaciones estratégicas. El Tratado de la Unión estableció los propósitos de su política exterior, de seguridad y defensa, que incluyen fomentar un sistema internacional basado en el diálogo de acuerdo con la Carta de Naciones Unidas.

Para la Unión Europea, las amenazas no vienen de potencias extranjeras sino de riesgos comunes que requieren la cooperación de todos. La Estrategia Europea de Seguridad identificó cinco amenazas principales: terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva, conflictos regionales, descomposición de los Estados, y delincuencia organizada. El informe de actualización de dicha Estrategia mencionó también la ciberseguridad, la seguridad energética y el cambio climático. En ningún documento de la UE se declara que países concretos sean enemigos o amenazas. El día que esto ocurra, cambiaría la naturaleza de la Unión.

La respuesta por parte de la Unión Europea a las violaciones del Derecho Internacional no puede ir contra los propios valores sobre los que se asienta. Si queremos la paz, debemos trabajar para conseguirla y no para preparar la guerra. Tenemos la enorme responsabilidad de proteger el avance histórico que supone la integración entre Estados y la superación de siglos de guerras. Hacia el futuro, la Unión es el instrumento imprescindible para lograr fines tan esenciales como reforzar la gobernanza global, proteger los derechos humanos en todo el mundo, y detener el cambio climático.


jueves, 28 de abril de 2022

Análisis de la guerra de Ucrania


La web Agenda Pública, ligada al diario El País, publica mi comentario sobre la guerra de Ucrania. Enhorabuena a Marc López y a los demás colegas de Agenda Pública por la gran labor que hacen! 

El artículo puede encontrarse en este vínculo. Aquí un extracto: 

La guerra de Ucrania es un terremoto político que pone a prueba las relaciones internacionales. Ante tal sacudida, la reacción de muchos observadores ha sido visceral, cuando, en momentos tan dramáticos, resulta fundamental mantener la mayor objetividad posible. El conflicto es complejo y un análisis correcto debe evitar los mensajes simplistas.     

Con el tiempo, disminuir las compras de recursos fósiles supondría reducir la dependencia de Rusia, y Estados Unidos puede jugar un papel importante a este respecto. Estados Unidos se ha convertido en el primer productor mundial de petróleo y gas hasta autoabastecerse, y está dispuesto a vender el excedente a Europa. No obstante, esto plantea una cuestión adicional para los europeos, ya que nuestro socio transatlántico obtiene hoy dos tercios del petróleo que produce y más de cuatro quintos del gas a partir de la fractura hidráulica, o fracking, un método que España, como otros miembros de la Unión, ha prohibido por sus efectos ambientales.

Un aspecto que pasa inadvertido es que la actual crisis podría utilizarse para promover un ahorro significativo en el consumo de energías fósiles. Sin embargo, tras la guerra, los gobiernos europeos se han apresurado a buscar fuentes alternativas de hidrocarburos y a subvencionar las gasolinas, en lugar de recordar su compromiso con el medio ambiente.

El impacto de la guerra sobre la relación entre Occidente y Rusia ha sido tremendo. Dicha relación, construida con gran esfuerzo en las últimas tres décadas, se ha venido abajo en solo unas semanas. Por supuesto, la invasión de Ucrania es injusta e ilegal, el uso de la fuerza armada por parte de Rusia es inaceptable, y sus aspiraciones territoriales deberían haberse perseguido por medios pacíficos y nunca a través de la violencia. A pesar de todo, muchos en Occidente presentan la respuesta como el inicio de una nueva Guerra Fría y el fin de la globalización, y esto es un error.

Los Estados miembros de la Unión Europea albergan distintas actitudes sobre cómo deben ser las relaciones con Rusia. La guerra de Ucrania no va a cambiar las posiciones geoestratégicas de cada país, por lo que en el futuro habrá que encontrar un nuevo modus vivendi con Rusia. Las sanciones actuales no pueden eliminar del mapa las relaciones económicas, humanas y culturales que existen, y los errores de Putin no cambian el hecho de que Rusia forma parte de la Historia de Europa, con sus luces y sus sombras.

Estados Unidos ha sido muy crítico con la invasión, y los gobiernos aliados condenan reiteradamente las violaciones del Derecho Internacional por parte de Rusia. Pero la magia del derecho es que debe ser igual para todos. Los mismos gobiernos fueron más tolerantes con otras intervenciones militares recientes, también injustas, que trajeron enormes secuelas de destrucción material y humana. Asimismo, se exige la persecución de crímenes de guerra en la Corte Penal Internacional, pero se olvida que, además de Rusia, muchos otros países no han ratificado su Estatuto, incluidos Estados Unidos o la misma Ucrania.

En fin, los equilibrios mundiales también pueden verse afectados por la guerra. Rusia tiene alma europea, pero puede pivotar hacia Asia. Durante años, China y Rusia han establecido una sólida relación en diversos campos. En 2011 comenzó a operar el oleoducto ESPO de casi cinco mil kilómetros, que suministra petróleo a China, y en 2019 se abrió el gasoducto Power of Siberia, que seguirá ganando capacidad hasta 2025, desarrollos que Estados Unidos ha visto con recelo.  

China mantiene una visión propia sobre la guerra de Ucrania y se ha negado a dictar sanciones contra Rusia. Algunos expertos prevén que, al igual que ocurrió tras la crisis de Crimea en 2014, China y Rusia avancen ahora en su acercamiento, en campos que van de la tecnología, a las finanzas a inversiones en distintos sectores. China comprende mejor que Occidente las preocupaciones de seguridad de Rusia; por tanto, el entendimiento entre ambos no pertenece solo a los terrenos energético y económico, sino que también es político. 

En un contexto de competición global entre grandes potencias, la Unión Europea tiene un papel clave como defensora de los principios internacionales. La Unión debe oponerse a cualquier infracción del Derecho Internacional, sea cometida por quien sea. Como indican sus documentos programáticos, la Unión debe establecer una relación constructiva con su vecindario, con el fin de fomentar la cooperación y prevenir los conflictos, algo que no supimos hacer en Ucrania. La Unión Europea no debería participar en confrontaciones estratégicas, que benefician solo al estamento militar-industrial para usar las palabras del presidente Eisenhower, porque su razón de ser es la paz y la convivencia. 


domingo, 13 de marzo de 2022

Artículo sobre la guerra en Ucrania

 


El día 24 de febrero de 2022, Rusia lanzó una invasión ilegal de Ucrania. Estados Unidos había advertido repetidamente de esta amenaza. A pesar de los esfuerzos de Occidente para resolver las demandas rusas por vías pacíficas, Putin decidió lanzar el uso de la fuerza armada.

Esta invasión supone un golpe duro al orden internacional que se había reforzado tras el fin de la Guerra Fría. La guerra está teniendo consecuencias importantes sobre la población civil, sobre la política europea e internacional, y sobre la economía. 

Con el fin de contribuir al análisis de la situación, publiqué esta tribuna en el periódico ABC el día 3 de marzo (suplemento Alfa & Omega). El texto se reproduce más abajo, y el vínculo para consultar el artículo puede seguirse aquí.


Tras la paz en Ucrania

Martín Ortega Carcelén

 ABC, 3 marzo 2022

Los desastres de la guerra vuelven a Europa. Calamidades bien conocidas golpean a Ucrania, pero el tsunami llegará hasta nosotros. Habrá consecuencias económicas y sociales cuyo alcance es imposible calcular. Sin haber superado todavía la crisis de la pandemia, el mazazo de la guerra puede ser muy perjudicial.

Al comienzo del conflicto, hemos leído muchos comentarios simplistas. Por supuesto, el uso de la fuerza es inaceptable y está prohibido por el Derecho Internacional. Vladimir Putin es el culpable de este disparate. La Unión Europea no puede tolerar esta violación flagrante de la paz. Ahora bien, debemos analizar el fondo del problema para discernir algún tipo de solución, incluso en este momento tan dramático.

Con perspectiva histórica, Ucrania ha vivido una situación de ruptura interna. La población está escindida hasta un punto difícil de imaginar. Es inútil buscar paralelismos con otros países, porque cada uno de los 193 Estados miembros de Naciones Unidas está hecho de realidades muy diversas. El carácter bipolar de Ucrania quedó demostrado en la revolución naranja, las sucesivas victorias de Yuschenko y Yanukóvich en las elecciones presidenciales de 2004 y 2010, la revuelta de Maidán y las reacciones anti-Maidán en 2014, seguidas de las guerras separatistas. Una inestabilidad política que continúa hasta hoy y lleva aparejada enorme violencia.  

En estas condiciones, tan ilusorio es querer que todo el país sea prorruso como pretender convertir a Ucrania en un país occidental. Quien mejor entendió lo irresoluble de este dilema fue Henry Kissinger. Cualquier intento de una parte de Ucrania de dominar a la otra conducirá al fracaso, afirmó. El oeste habla ucraniano y es católico, mientras que el este es ortodoxo y habla ruso. “Tratar a Ucrania como parte de la confrontación estratégica hundiría la posibilidad de conducir las relaciones entre Rusia y Occidente, especialmente Rusia y Europa, hacia cualquier sistema de cooperación internacional” (Washington Post, 5 marzo 2014).

La acción exterior de la Unión Europea y sus Estados miembros, así como la política de Estados Unidos y la OTAN, deberían tener en cuenta esa realidad. Si la propia población del país está tan dividida como muestran repetidamente las elecciones, estamos ante un factor clave que ni Occidente ni Rusia pueden ignorar. Obviamente, esto no significa que la invasión de Putin sea menos condenable. Por muy divididos que estén los ucranianos, eso no una excusa para ocupar el país. La conclusión debe ser más bien que el diseño de cualquier política pasada o futura debe asumir esa profunda escisión.    

En las relaciones internacionales, al igual que en las relaciones humanas, resulta esencial entender la causa de los conflictos si queremos explorar vías de solución. El análisis racional debe apartarse en la medida de lo posible de las pasiones. Esa ecuanimidad es necesaria para aplicar correctamente principios fundamentales como el mantenimiento de la paz, el amor a los demás o los derechos humanos. 

La pregunta ahora es: ¿cómo responder a la invasión de Putin? ¿Debemos responder al mal con otro mal? La Unión Europea se encuentra perpleja porque, por su propia naturaleza, no está diseñada para afrontar un conflicto armado. Pero hay que hacer algo, porque la Unión representa el valor de la paz en Europa, tras siglos de guerras.

Hay dos cursos de acción. Por un lado, están las medidas coercitivas. Hay que aclarar que, en Derecho Internacional, el uso de la fuerza armada es a veces necesario, para defenderse a uno mismo y a los aliados o para mantener la paz. Estas dos justificaciones están en nuestro derecho y en la Carta de Naciones Unidas. La Segunda Guerra Mundial fue una guerra justa, que permitió el resurgimiento de la democracia en Europa. Sin embargo, intervenir directamente en el territorio de Ucrania plantea enormes problemas jurídicos y estratégicos. Incluso el envío de armamento y el apoyo militar podría conducir a una guerra de desgaste, que sería indeseable y muy dolorosa para todos.

Por otro lado, las sanciones o medidas restrictivas son el instrumento preferido para penalizar a Rusia por su invasión. El problema de las sanciones es que terminan afectándonos, darán lugar a contramedidas, y podrían desviarse hacia una escalada sin control, que hay que evitar. Es sabido cómo comienzan las guerras, pero nunca cómo terminan. Esta máxima, que parece dirigirse al contrario, vale igualmente para nosotros.

Hay que detener la invasión y la guerra, y responder a la transgresión de Putin. Pero el objetivo principal es volver a la senda de la paz en Europa. Cualquier solución maximalista es inviable, y la escalada, indeseable. Probablemente, cualquier futuro acuerdo de paz se encontrará en algún punto intermedio.