lunes, 4 de diciembre de 2017

Tres líneas de investigación


Se acerca el fin de 2017 y este es un buen pretexto para mirar atrás y hacer balance de las obras que he publicado en los últimos años. En 2007 apareció en el IES de París Building the future. The EU’s contribution to global governance. Entonces, los Chaillot Papers cumplían su número 100, y el Instituto de la Unión Europea quiso resaltar aquella ocasión con un tema importante, la participación de la UE en la gobernanza global. La Estrategia Europea de Seguridad de 2003 (también conocida como Estrategia Solana, que puede leerse aquí con su informe de aplicación) había definido tres objetivos internacionales de la Unión: la lucha contra las amenazas, la estabilización del vecindario europeo y la institución de un multilateralismo eficaz. Años después, mi trabajo de 2007 sugería que la Unión Europea debía ser ambiciosa e implicarse más en los problemas del mundo. Se proponían las siguientes conclusiones: 
- Cambiar la idea del multilateralismo eficaz por la de gobernanza global.
- Reforzar la gobernanza global para la defensa de la democracia, los derechos humanos, el imperio del derecho y el medio ambiente.
- Prestar más atención al desarrollo de África subsahariana.
- Trabajar para la construcción regional en Oriente Medio.
- Dar más medios a la Unión Europea para su política exterior y para el mantenimiento de la paz.
La nueva Estrategia Global de la Unión Europea de junio de 2016 avanza hacia objetivos ambiciosos pero todavía queda mucho por hacer. 

Además de este libro corto en inglés de 2007 y algunos artículos sobre la acción exterior de la Unión Europea y su papel en el mundo, en los últimos diez años he investigado y publicado sobre tres grandes líneas de trabajo. En primer lugar, el Derecho Global. En 2009 publiqué una introducción para estudiantes, y en 2012 un verdadero manual más extenso de 380 páginas. Este manual encontró su versión definitiva en la edición de 2014 Derecho Global. Derecho Internacional Público en la era global, reimpresa en 2017. Ofrecer una panorámica completa del Derecho Internacional en el momento presente fue un verdadero reto, pero también fue una experiencia fascinante y los estudiantes han apreciado el esfuerzo de síntesis. En mis libros se pone el acento en la nueva etapa global desde 1990, que ha permitido la construcción de un sistema normativo basado en una verdadera Constitución global que contiene los grandes principios. Como es obvio, es una Constitución incipiente y en sentido material. No se contiene en un texto solemne, sino que aparece en diversos documentos, como la Declaración del Milenio del año 2000, y otros textos de Naciones Unidas, del Consejo de Seguridad o del G-20.

El segundo campo de trabajo ha sido la filosofía de las Relaciones Internacionales. Esta disciplina se encuentra poco desarrollada en lengua española, aunque contamos con una visión propia de los problemas del mundo y muy buenos profesores. Quizás un exceso de timidez o un exceso de trabajo docente y de investigación minuciosa hacen que no haya muchas visiones generales de la materia de Relaciones Internacionales. En mis trabajos no he intentado (todavía) esa tarea, sino que he querido hacer una reflexión sobre el fundamento en que se basan las relaciones globales hoy. El libro Cosmocracia. Política global en el siglo XXI (2006) ponía el acento en el progreso en las relaciones internacionales, debido a la razón y a fuerzas de humanización, que se observa al mirar los asuntos globales en el largo plazo. En 2014 apareció el ensayo Para comprender el mundo, que utiliza las enseñanzas de las ciencias experimentales y de las ciencias humanas. Este libro afirma que los grandes problemas de nuestro mundo provienen de los instintos humanos, por lo que es preciso hacer avanzar los sistemas de regulación y control de los instintos, como la cultura, la educación y el derecho.


La tercera línea de trabajo consiste en definir qué significa ser español en el mundo actual. Los intentos anteriores son antiguos (Ortega y Gasset, Madariaga, Américo Castro, etc.) y no tienen en cuenta el contexto europeo y global que vivimos, ni están orientados hacia el futuro. En 2014 apareció en El País mi artículo Nacionalismo postmoderno, y en enero de 2016 el trabajo España, nación global en Política Exterior número 169. En septiembre de 2016 se publicó Ser español en el siglo XXI (segunda edición), que contiende dos partes. La primera hace un repaso de los nacionalismos español y catalán. En la segunda, se apunta que ser español hoy consiste en compartir una cultura global, compartir principios y valores democráticos, y compartir una plataforma para actuar en el mundo. Las identidades múltiples de los españoles en un Estado abierto y plural permiten mantener las más diversas ideologías y actitudes ante la vida dentro de un proyecto político común avanzado que se enmarca en la Unión Europea.

En el futuro inmediato, tendré que decidir si empleo mi esfuerzo investigador en el Derecho Global, las Relaciones Internacionales o, de nuevo, hacia el proyecto político común de España.  

viernes, 10 de noviembre de 2017

La amenaza climática

La gran amenaza del futuro es la destrucción irreparable de nuestro medio ambiente. Vamos a decirlo de nuevo. La amenaza más grave para la humanidad es el cambio climático y el deterioro de la vida en el planeta. Esta afirmación debe combinarse con otra igualmente tajante: no vamos a reaccionar. Estamos condenados a sufrir el golpe tremendo de ese desastre.

La Conferencia de Bonn que está teniendo lugar estos días, llamada COP23, intenta desarrollar el Acuerdo de Paris de la COP21 de 2015 (este artículo de Lara Lázaro-Touza) y adoptar otras medidas, pero no tendrá un impacto para detener el cambio climático.

  
Para entender la gravedad del momento, puede usarse la siguiente comparación de dos principios del Derecho Internacional: el principio que prohíbe la guerra y el principio que protege el medio ambiente.

El principio que prohíbe la guerra tuvo su origen tras la Primera Guerra Mundial, pero fue necesaria la Segunda Guerra Mundial para llegar a la prohibición formal en la Carta de Naciones Unidas. Después fue precisa una Guerra Fría, la carrera nuclear y la caída del comunismo para llegar a una prohibición real, que hoy permite la actuación del Consejo de Seguridad.


Pues bien, el principio de protección del medio ambiente está solo en sus comienzos. Nació en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 y se consagró en la Declaración del Milenio del año 2000. Es, por tanto, una idea muy reciente que no ha tenido desarrollo normativo real. Este desarrollo se produce tras choques insoportables, desgraciadamente. La prohibición de la guerra se hizo realidad tras la Segunda Guerra Mundial y tras la Guerra Fría. La protección del medio ambiente todavía no ha vivido su shock. Al hablar ahora de este principio, es como si estuviésemos hablando del principio de prohibición de la guerra antes de la Segunda Guerra Mundial. Si estuviésemos en 1930, por ejemplo, diríamos: “existen algunos elementos para prevenir la guerra, pero son insuficientes, porque se nos viene encima un enorme conflicto armado”. Esto ocurre con el medio ambiente: el gran desastre está por venir.


El principio de protección del medio ambiente está en mantillas y no va a poder evitar la catástrofe que nos aguarda. Solo después de este desastre la comunidad internacional reaccionará e introducirá normas para paliar la destrucción. El problema es que entonces será demasiado tarde.


Los instrumentos que tenemos para luchar contra el cambio climático y el deterioro de la vida son escasos. El Protocolo de Kyoto adoptado en 1997 establecía objetivos para algunos Estados, que no se cumplieron. La Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992 se reúne cada año en las Conferencias de las Partes (COP). En la COP15 de Copenhague Estados Unidos y China aceptaron entrar en la discusión. La COP21 de Paris anunció a bombo y platillo un objetivo genérico para que la temperatura global no sobrepasara los dos grados centígrados, cosa que es ya inevitable y mucho antes de lo que se cree. La emisión de gases de efecto invernadero continúa aumentando. La COP23 de estos días en Bonn estará bien preparada por Alemania, y será una ocasión para aumentar la conciencia del problema. Sin embargo, muy probablemente no podrán adoptarse normas concretas, y seguiremos hablando de objetivos a largo plazo, hacia 2030, 2040, 2050…


El problema es muy sencillo. Detener el cambio climático se opone a nuestro modo de vida. Nuestro bienestar se basa sobre el cambio climático, y también el bienestar que están consiguiendo los países emergentes. Todos los países del norte y del sur, de todos los continentes, quieren crecer más y consumir más. Y eso acentúa el cambio climático. Para detener este fenómeno, habría que cambiar el modo de vida actual. Algunos científicos optimistas hablan de fuentes de recursos inagotables en el futuro, o de atrapar el CO2. Muchos economistas, de manera más realista, apuntan que podríamos incorporar ya la sostenibilidad en nuestras sociedades: la economía sostenible y las medidas de ahorro son efectivamente una buena inversión, y los países que comiencen antes ganarán la carrera. Potenciar la energía renovable como la eólica (este artículo de Teresa Ribera et al.), prohibir el transporte de combustión en las ciudades, aislar los edificios, regular el uso de plásticos y el reciclaje, como están haciendo los países desarrollados, es lo correcto. Ahora bien, estas medidas son meramente paliativas. Resultan demasiado tímidas y no llegarán a tiempo para evitar la degradación imparable del medio ambiente global.


Tras el choque climático y medioambiental que se vislumbra en el horizonte, los Estados irán a la mesa de negociaciones con una renovada urgencia. Los ciudadanos, ahogados en olas de calor o en subidas del mar, lo exigirán. Pero los científicos nos dicen que los daños serán ya irreparables. Y entonces se verá que, además de utilizar mecanismos económicos, políticos y jurídicos, será imprescindible contar con la cultura, el pensamiento y la religión. Cambiar de modo de vida en el plano global requerirá medidas políticas, jurídicas, económicas y también un nuevo enfoque humano y espiritual. Pero esta exploración del futuro pertenece ya a otro capítulo.


jueves, 26 de octubre de 2017

El discurso del Rey

El discurso del Rey Felipe VI del 3 de octubre pasado (video completo aquí) fue un momento esencial que permitió encauzar la crisis en Cataluña. El Rey mostró liderazgo de Estado, afianzó nuestro proyecto político común y, al mismo tiempo, la paz en Europa. Los historiadores del futuro sabrán apreciar el importante papel que jugó su expresión de confianza en nuestra democracia, y en los principios y valores sobre los que se asienta la integración europea. Días después, en los Premios Princesa de Asturias, el Rey hizo otra remarcable intervención en la que también habló de las razones para seguir creyendo en España como una democracia europea, avanzada y plural, que puede consultarse aquí.

El periódico El País publicó en su web este artículo titulado Seis minutos que cambiaron la Historia, donde se explica el valor del discurso del Rey. 

Martín Ortega Carcelén
El País, 13 octubre 2017

El mensaje del Rey en la noche del 3 de octubre dejó a muchos con el estómago encogido. Había sido un día complicado en Barcelona. Los hechos arrojaban gran incertidumbre sobre las horas y días sucesivos. Y había miedo. Un miedo cerval asociado a fantasmas del pasado.

Las palabras del Rey fueron duras, pero fueron también un baño de realidad. Un fogonazo que despertó a todos del sopor del debate en bucle. Felipe VI puso el foco en la cuestión esencial. El Govern, dijo, que no representa más que a una parte de la sociedad catalana, debía saber que si quiere llegar hasta el final, el Estado llegaría hasta el final. En un minuto, todo lo conseguido desde la Transición se puso a temblar. Se acabaron los juegos retóricos, y entramos de lleno en los grandes momentos de la Historia.

Presentar el dilema en términos tan crudos tuvo la virtud de hacernos ver la barbaridad colectiva a la que nos enfrentábamos. Deshacer España no era tan fácil como sugerían los métodos festivos y las sonrisas. La economía se vendría abajo. Una posible declaración unilateral de independencia planteaba problemas económicos y sociales insolubles, y abría la vía a otras. Ante esa perspectiva, las imágenes borrosas de nuestra guerra fratricida se mezclaban con las de la antigua Yugoslavia, y producían pavor. No solo España se ponía en tela de juicio sino el conjunto de Europa.

Frente a la gravedad del momento, los líderes independentistas habían mostrado irresponsabilidad. El Govern, como un aprendiz de brujo, había despreciado las enormes dificultades de un plan más propio del siglo XIX que del siglo XXI. Con su procés, en realidad desbarataba el otro proceso, el de verdad, la integración europea, que opera desde el fin de la Segunda Guerra Mundial para permitir la convivencia en la diversidad y eliminar las fronteras. Con una ingenuidad pasmosa, Puigdemot dijo el 10 de octubre en el Parlament: "No tenemos nada contra España”. Nada, salvo que vamos a amputarle un brazo.

El Rey no habló de Europa, tampoco habló del proyecto común de España, que lógicamente corresponde al debate político. Más bien se situó en un plano anterior, el de la paz, que resulta absolutamente necesaria para todo lo demás. Los logros de la democracia y de la convivencia plural eran transcendentales porque han situado a España en la Europa contemporánea, una Europa que por fin ha superado 500 años de guerras intestinas. Al garantizar esos logros en España, se garantizaba también la estabilidad y la paz de Europa.

El discurso del Jefe del Estado tuvo la virtud de restablecer la confianza en los valores europeos. El Rey actuó plenamente dentro de sus funciones constitucionales previstas en los artículos 56 y 62 de la Constitución. Pero no era fácil lo que hizo en el momento que lo hizo. Porque la aplicación de estos artículos no es un ejercicio de matemáticas. En aquellos seis minutos mostró liderazgo de Estado, afianzó nuestro proyecto político común y, por ende, la paz en Europa.

Sobre la base de la solidez de ese proyecto abierto y plural, se produjeron los acontecimientos posteriores. Las masivas manifestaciones del 8 de octubre demostraron que el proyecto sigue vivo, y que las opciones unilaterales conducen al fracaso. Los poderes económicos respaldaron también el enfoque integrador.

En aquellas manifestaciones se habló de recuperar el seny, y esto es particularmente necesario porque el discurso independentista fue muy injusto con todo lo conseguido en las últimas décadas. El mundo entero admira lo que hemos logrado en los planos político, económico, social, cultural e internacional y resulta que las mentiras repetidas para criticarlo han calado en una parte de nuestros conciudadanos. Además de relanzar nuestro proyecto político común, la convivencia debe basarse sobre un relato positivo de la España democrática y plural.

Los seis minutos del discurso del Rey marcaron un punto de inflexión. Al mirar atrás, los historiadores del futuro probablemente reconocerán en este mensaje el inicio de una nueva época de mayor confianza en nuestra democracia. El éxito colectivo de España necesita un sentido de Estado sin complejos como existe en otros países democráticos.

lunes, 16 de octubre de 2017

El reconocimiento de Cataluña


A los independentistas les explicamos bien clarito los problemas que iban a tener. Pero ellos no quisieron escuchar. Aquí dejo algunas de mis contribuciones sobre Cataluña en el diario El País, que años atrás hablaban sobre el futuro. Y acertaron! 

Elegir una vía unilateral hacia la independencia fue un enorme error. Desde el Derecho Internacional se adivinaban grandes obstáculos, que fueron despreciados por los impulsores del procés con gran arrogancia. El derecho a la autodeterminación era inexistente, no iban a tener reconocimiento internacional, la Unión Europea no iba a aceptarles, las consecuencias económicas iban a ser catastróficas, y la sucesión de Estados era un escollo insalvable. Algunos fragmentos seleccionados y los vínculos a los artículos en la web de El País:

Quijotes catalanes, 30 octubre 2015 

La “desconexión democrática, masiva, sostenida y pacífica con el Estado español” que quieren los independentistas introduce cuatro epítetos para dulcificar la idea de desconexión. Falta el adjetivo unilateral. Este método de separación a una banda es quijotesco y conduce al desastre, con el caballero por los suelos y graves daños en los aposentos, porque cualquiera que conozca la práctica internacional reciente sabe que las secesiones unilaterales provocan problemas insolubles referidos a multitud de cuestiones como la administración, el orden público, el territorio, las finanzas, la nacionalidad, las cuentas y los bienes públicos. Años de disputas y rencor. Pero los soberanistas ignoran los riesgos comprobados. Un rasgo muy estudiado del Quijote es su construcción paralela de la realidad. De tanto leer libros de caballerías creyó que el mundo era como él quería que fuese y no como era en verdad.

Cataluña, gato por liebre, 6 agosto 2015

Una posible mayoría absoluta en el Parlamento catalán convertida en asamblea constituyente sería un símbolo perfecto del pensamiento único que cultivan los que apoyan la independencia unilateral. La idea viola la noción de Estado de derecho defendida por el Tratado de la Unión Europea, la Constitución española y también el propio Estatut.

La experiencia internacional demuestra que hay una enorme diferencia entre los procesos independentistas que se hacen con el acuerdo de todas las partes, y aquellos en los que hay ruptura. Los soberanistas ponen como modelo a Escocia y Montenegro, pero no están dispuestos a seguir esos ejemplos. 

Los partidarios de la declaración unilateral prescinden del Estado y de cualquier marco jurídico, y esta actitud arrojaría el caso catalán a otra categoría: la que plantea un conflicto abierto de consecuencias imprevisibles. Nos vamos de Escocia a Kosovo. En Cataluña existen algunos partidarios de la ruptura de la legalidad, espíritus románticos que aceptan el ‘cuanto peor, mejor’. Es comprensible que haya posturas inconscientes de este tipo, pero es más difícil entender que votantes tradicionales de Convergència quieran apartarse de la política como práctica de diálogo para buscar soluciones, y se vean secuestrados por planteamientos que parecían superados en Europa.

El derecho a decidir no existe, 16 octubre 2014

La ruptura unilateral solo podría hacerse a un coste muy alto, esto es, la desmembración de España. En su reciente comparecencia ante el Parlamento catalán, Jordi Pujol afirmó que había dedicado su vida a la construcción nacional de Cataluña. ¿Nunca cayó en la cuenta de que esa empresa solo puede hacerse con la simultánea destrucción nacional de España?

A veces se presenta la corriente soberanista como un activismo pacífico y festivo, cuando en realidad muchos otros lo perciben como un separatismo que les produce pena y rechazo. Desde el punto de vista del Estado, Cataluña es un órgano vital para el conjunto de España, y las interacciones con otros órganos vitales han sido muy intensas, lo que hace la separación un asunto existencial. Los catalanes que persiguen ciegamente ese sueño no han comprendido que su hipotética independencia, quizás seguida por la de otras partes de España, supondría una verdadera conmoción tras una etapa reciente llena de intercambios profundos y de convivencia fructífera en un proyecto común.

Nacionalismo postmoderno, 3 febrero 2014

El nuevo proyecto nacional español es moderno, inclusivo, orientado al futuro y con una proyección global. Y sobre todo dinámico y mejorable, porque deben seguir afrontándose problemas persistentes, desde la corrupción a las lagunas en la educación, pasando por el diseño de una economía más sostenible y también la articulación del poder territorial, lo que podría dar lugar a una reforma pactada de la Constitución. Un aspecto muy relevante del nuevo nacionalismo español es su carácter abierto y plural. Se trata de un nacionalismo que puede llamarse postmoderno e integrador, porque está hecho de contribuciones desde las más diversas culturas y nacionalidades de España. Permite a los nacionalistas canarios, catalanes, gallegos, vascos, o de cualquier otro origen, sentirse orgullosos de su lengua y cultura, y al mismo tiempo, cultivar una identidad múltiple como españoles y europeos.

En cambio, el proyecto independentista catalán en su versión más retrógrada es excluyente, porque no solo rechaza su participación en España, sino que también asume que puede quedar fuera de la Unión Europea. Según un enfoque de identidad múltiple, alguien puede sentirse catalán, español, europeo y ciudadano del mundo al mismo tiempo, mientras que el soberanismo catalán insiste en una identidad única, que renuncia a ser español y también, llegado el caso, al marco europeo.

El unilateralismo lleva a errores de bulto. La previsión de los radicales catalanes en torno a las buenas relaciones futuras con el resto de España después de una separación forzosa es, obviamente, ilusoria. Su vaticinio de que Europa terminará aceptando la independencia conseguida sin acuerdo previo con España, mal informado.

El reconocimiento de Cataluña, 23 noviembre 2012

Tal reconocimiento es impresicindible porque únicamente la entidad con una aceptación suficiente podrá participar en relaciones multilaterales, y acceder a organizaciones como la UE, Naciones Unidas, la OMC o el Consejo de Europa.

Artur Mas favorece la vía unilateral y debería plantearse los escenarios de futuro que abre esa exclusión del consenso en España. ¿Qué estados europeos reconocerían una independencia definida unilateralmente? ¿Cabe pensar en una situación de división en el seno de la UE como sucede con Kosovo? Fuera de Europa, ¿en qué países del mundo se apoyaría el movimiento independentista para buscar los primeros reconocimientos? ¿Se ha planeado qué hacer si no se obtienen los reconocimientos suficientes para entrar en la UE y en la ONU? ¿Qué futuro espera a los ciudadanos de esa Cataluña independiente al margen de las instituciones internacionales?

El espectro de los Balcanes, 8 febrero 2006

En el plano interno, la principal lección es que el sueño de la independencia produce monstruos. Las fuerzas políticas minoritarias que imaginan la fragmentación de España, y que prefieren citar ejemplos como Eslovenia o la antigua Checoslovaquia en lugar de precedentes más cruentos, harían bien en comparar seriamente esos casos con la realidad española. La larga existencia del Estado, la solidez de un régimen democrático de libertades y la realidad social hacen imposibles tales quimeras. Esas fuerzas también deberían comprender que el sentido de la integración europea no es arropar reivindicaciones nacionalistas, sino precisamente superar el nacionalismo rancio, de cualquier pedigrí, que sueña con establecer compartimentos políticos estancos.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El Barça y el respeto en el fútbol

Para impedir la violencia física y verbal en el fútbol, la UEFA creó en 2008 la campaña RESPECT. La palabra elegida aparece en los campos y en las camisetas de los jugadores. La idea no se refiere solo a los rivales, sino también a las reglas de juego, al árbitro, e incluso a valores más esenciales como la lucha contra el racismo. Todo el mundo piensa que es intolerable que, amparados en el anonimato de una grada, los hinchas de cualquier equipo se dediquen a pitar o insultar a un jugador africano por el color de su piel. Sin embargo, parece que se pueda increpar o insultar a los demás ciudadanos como si tal cosa, como si los compatriotas no fueran dignos de respeto y no tuvieran sentimientos. 
La palabra elegida por la UEFA no tiene importancia. Es inglés, pero todos lo entendemos porque viene del latín. En gallego se dice respecto. En portugués, en cambio, se dice rispeito. Este es un concepto que Mourinho no entendió cuando clavó el dedo en el ojo a Tito Vilanova, un gran profesional de querida memoria.
En la web de la UEFA se dice que esta campaña busca también la “promoción de la diversidad, la paz y la reconciliación”, y... ¡hasta el respeto por el medio ambiente! En catalán respeto se dice respecte. Sin duda, los catalanes merecen respeto, a diferencia de lo que ocurrió años atrás cuando la lengua y las instituciones catalanas estuvieron relegadas. Pero durante la larga etapa democrática que estamos viviendo, en España disfrutamos de un marco de convivencia de los más avanzados de Europa, donde el respeto tiene que funcionar en todos los sentidos.
Tras décadas de democracia, los catalanes también deben respetar a sus compatriotas, e igualmente a los símbolos, las leyes y las instituciones del Estado. Es una obligación jurídica y moral. Evidentemente, pueden existir demandas para cambiar la Constitución o las leyes, y quienes piensan así tienen derecho a proponerlo. Pero también debe respetarse todo lo que nos une, la etapa mejor de nuestra Historia, el Estado que nos hemos dado, y que ha garantizado el progreso y la defensa de derechos y libertades en el marco de la Unión Europea. Por esto, no se entiende que el FC Barcelona se haya pronunciado sobre el referéndum del 1 de octubre, entrando en un terreno que no le corresponde y poniendo en juego algo tan importante como la Constitución y las leyes. ¿Cómo puede un club de fútbol que participa en la Liga española y que tiene proyección global poner en duda la democracia en España? Esto es una falta de respeto y un abuso hacia los demás españoles.
 Cuando una parte de un estadio pita a un africano en un partido de fútbol, entonces la UEFA y las leyes pueden imponer sanciones por racismo. Los clubs de fútbol han aceptado que esto es necesario. Basado en la misma idea de respeto, es inaceptable que esos clubs promuevan actuaciones contra el marco de vida común y contra los valores europeos de paz, convivencia e integración. 
Los socios del Barça y el club pueden mantener las posiciones políticas que quieran. Pero desde luego no pueden actuar contra los principios de respeto, paz y convivencia, y contra los derechos y libertades de todos. Por mucho que se crean demócratas y avanzados, si lo hacen, se sitúan en la incitación al odio y nos conducen al pasado. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Elogio de la locura

Uno de los rasgos distintivos del procés secesionista catalán es su irracionalidad. A la chifladura se añade una arrogancia infinita que lleva a decidir sin contar con la mitad de la sociedad en algo tan serio como la secesión. ¿Cómo calificar a los miembros de cualquier comunidad que deciden sobre la vida de la otra mitad sin tener en cuenta su opinión siquiera? La máxima locura es convocar un referéndum sin mínima participación, en el que un puñado de síes, al ser más que los noes, daría la independencia.

Ahora bien, de todas las irracionalidades, los cálculos que hacen los independentistas de la situación tras el referéndum y una declaración unilateral de independencia son muy destacables. Por supuesto, dicen que vivirán mejor, y se preguntan cómo se pagarán las pensiones, qué pasará con los funcionarios, con los bienes públicos, y la situación internacional de la nueva entidad. Estas cuestiones son totalmente inútiles porque una hipotética Cataluña independiente tras una declaración unilateral de independencia estaría fuera de la Unión Europea, sería una entidad pobre, aislada, en conflicto con el resto de España, y tendría relaciones muy difíciles con el resto del mundo. Los indepes son muy sectarios, por lo que la población en desacuerdo con la independencia unilateral saldría de Cataluña por cientos de miles, dejando a ese nuevo país en la bancarrota. Esto no es un deseo ni una amenaza sino el escenario más probable, teniendo en cuenta la evolución de los hechos y la Historia. 

El Libro Blanco sobre la Transición Nacional publicado en 2014 planteaba dos posibles escenarios tras una independencia: la cooperación con el resto de España y un escenario de no cooperación, afirmando que este último sería muy problemático. Ahora, la aprobación por el Parlament de las lleis de referéndum y de transitorietat seguida de una declaración unilateral de independencia llevarían de cabeza al segundo escenario. Pero, ¿alguien entre los indepes se plantea las dificultades que surgirían de ese aislamiento de Cataluña independiente como paria internacional? La chifladura y la arrogancia de los indepes les hace descartar esta posibilidad, y les lleva a pensar que en ese futuro ideal el resto de España simplemente no cuenta, Europa y el mundo entero les haría la ola, y su nuevo país se tele-transportaría a algún lugar del norte de Europa, donde ellos merecen vivir, y donde ese resto de España tan molesto desaparece.

En 1511 Erasmo de Rotterdam escribió un 'Elogio de la locura' que criticaba los abusos de los clérigos y su desprecio de la razón. Las verdades reveladas eran dogmas y los oráculos de esos dogmas eran algunos iluminados intocables. Erasmo retrató a esos falsos vendedores de verdad y sembró el camino para que el pensamiento libre acabara con ellos. Locura, en su obra, también podía traducirse como estulticia o estupidez. Los chalados y obcecados producen estupor y daños, fracturan la sociedad, pero tal situación de dominio aparente no puede prolongarse por siempre. Los que cultivan el desvarío tienen los días contados porque, afortunadamente, en una sociedad abierta tarde o temprano termina por imponerse la razón.

martes, 18 de julio de 2017

El nuevo cemento

El Presidente Trump aprende rápido. Y es que no le queda más remedio. Dentro de Estados Unidos su popularidad sigue baja, las élites y la prensa le critican, y corre el riesgo de impeachment tras las elecciones mid-term previstas para noviembre de 2018. En el plano internacional, ya se ha dado cuenta que no puede seguir como elefante (logo de su partido) en cacharrería.

La visita a Paris el 14 de julio fue una muestra de nuevo entendimiento con Europa. Su participación en el G20 de Hamburgo tuvo el mismo efecto balsámico. En efecto, aprende rápido. La gente se fija mucho en los gestos personales, las fotos, el body language y observa que ahora hay mejor ambiente. Más importante que todo eso son los temas sobre los que se ponen de acuerdo los líderes. Estos pasan muchas veces desapercibidos, pero ¡pongan atención!

Macron ha conseguido interesar a Trump en el cambio climático y ha convocado otra conferencia en Paris para el 12 de diciembre. ¿Vendrá Trump? En el G20, Trump mostró su desacuerdo sobre este asunto pero su acuerdo sobre muchas otras cosas. En esa misma ocasión, pactó con Putin un alto el fuego en el sur de Siria. Bienvenido sea y ojalá se cumpla! Y en abril, con el Presidente de China en el idílico Mar a Lago, rebajó sus críticas al gigante asiático y se tejió un acuerdo para presionar a Corea del Norte. El muro con México (un trozo si, un trozo no) se ha convertido en un proyecto publicitario.


En un artículo que publiqué en marzo en El País dije que tanto Occidente como la comunidad internacional se mostraban dispersos porque no había ni enemigos comunes, niobjetivos comunes. Al final de ese texto dije que solamente los objetivos globales, como el medio ambiente o la resolución de crisis, podían ser el nuevo cemento que uniera a los países en un contexto global. Los objetivos individuales de los Estados o meramente regionales ya no son suficientes. Los agoreros de las guerras parece que se felicitan cuando hay desacuerdos y tensiones. Y la verdad últimamente no han faltado. Pero ahora se ve algo de luz a la salida del túnel. ¿Será la nueva constelación de líderes mundiales, con Macron y Merkel a la cabeza, capaz de definir unos objetivos globales?