miércoles, 7 de abril de 2021

Creación o destrucción



ETHIC es la más importante publicación electrónica (también aparece como revista en papel) sobre ética y filosofía en español. Es para mí un honor publicar en ETHIC el siguiente artículo con una reflexión pluridisciplinar sobre el cambio climático: 

https://ethic.es/2021/03/creacion-o-destruccion-como-destino/

Creación o destrucción como destino

Martín Ortega Carcelén, Ethic, 31 marzo 2021

El problema más grave al que se enfrenta hoy la humanidad es una destrucción de dimensiones colosales de la vida en la Tierra causada por un consumo acelerado de recursos, en particular de hidrocarburos. La pandemia actual tendrá efectos negativos sobre la sociedad y la economía, pero los científicos advierten de que el cambio climático y la contaminación masiva serán más dañinos a largo plazo. La cuestión clave es si seremos capaces de reaccionar a tiempo para evitar esa debacle. En el ámbito global, el consumo de hidrocarburos fósiles (petróleo, gas y carbón), la emisión de gases de efecto invernadero y el empleo de plásticos siguen aumentando ostensiblemente. En el año 2000, el mundo consumió 76,4 millones de barriles de petróleo diarios, mientras que en 2019 fueron 98,2 millones cada día. Los europeos tendemos a pensar que se está reduciendo el uso de energías fósiles y aumentando el de renovables –y esto es cierto en nuestros países–, pero la realidad mundial es muy distinta. Los recursos fósiles representaron el 83,8% del consumo mundial de energía en 2019, según BP Statistical Review of World Energy. 

Ni las contribuciones en el campo del pensamiento ni el activismo ni las medidas estatales e internacionales, ni tampoco el optimismo tecnológico, son suficientes ante la enorme magnitud del problema. En 2019, por cada uno de los 7.700 millones de habitantes del planeta se quemaron dos litros de petróleo cada día y una tonelada de carbón al año. La naturaleza no puede asimilar ese volumen de emisiones anuales. La verdadera solución del problema pasaría por un replanteamiento del consumismo imperante a escala global, y un cambio profundo en la forma de vivir y actuar de las distintas sociedades. Sería preciso comprender que el modo de vida consumista expandido a escala planetaria lleva a la destrucción, aunque sea de forma involuntaria, por lo que es preciso introducir nuevos patrones de conducta. 

Un cambio tan profundo supone una transformación de la civilización global, en la que deberían involucrarse tanto la razón como los sentimientos. Este artículo sugiere que tal movilización requiere un nuevo enfoque religioso global que ponga el acento en el vínculo entre el ser humano y la Creación. 

El significado global de la Creación 

El punto de partida es una sencilla constatación: todo lo que existe en el universo, también la vida en la Tierra, es el producto de un largo proceso de Creación. La fuerza de la Creación viene operando desde el comienzo de los tiempos, sigue haciéndolo en la actualidad y hace que la realidad sea como es, incluido el ser humano. La vida y la vida inteligente han sido producidas por la Creación a través de un proceso regido por leyes constantes que hemos llegado a comprender. Con el paso del tiempo se observaron sucesivas evoluciones desde un universo con elementos ligeros a otro con elementos más pesados y compuestos químicos, de un mundo sin vida a otro con vida y de un mundo con vida a otro con vida inteligente. Por tanto, desde nuestro punto de vista, ese largo proceso puede ser descrito como un avance en el que se ha transitado desde estadios simples a otros más variados y complejos. 

Entre el vacío de la inexistencia y el universo que conocemos, el mayor bien que podemos concebir es la continuidad de la Creación, mientras que el mayor retroceso posible es la destrucción de la vida humana o de la vida en la Tierra. En consecuencia, la existencia humana encuentra su sentido más elevado en participar en la Creación, y lo peor que podríamos hacer los humanos es impulsar la destrucción. Este planteamiento permite reformular la idea de Dios. Entendido como la fuerza de la Creación, Dios no ha muerto. Solo dejaría de existir si se extinguiera esa fuerza en el universo. Cuando en el siglo XIX se decía “Dios ha muerto” (Nietzsche, Hegel, Dostoievski), normalmente se quería decir: la concepción cristiana (o de cualquier otra religión histórica) de Dios no es convincente porque la razón contradice los dogmas sobre los que se asienta. 

Los humanos hemos desarrollado visiones históricas de Dios en las diversas culturas y civilizaciones. Pero si Dios es la fuerza de la Creación, Dios no cambia. Cambian los modos que tenemos de conocerlo, definirlo y relacionarnos con él. Las religiones históricas mantienen sus visiones de Dios y del mundo, lo que sin duda tiene gran valor para sus seguidores. Pero esas visiones necesitan actualizarse en nuestro mundo global. Un pensamiento auténticamente global no puede dividir a Dios en fronteras. Actualizar la visión de Dios para dar un nuevo sentido a nuestra existencia es una tarea urgente debido a la disyuntiva histórica ante la que nos encontramos entre Creación y destrucción. 

Una religión global junto a las históricas 

La resolución del problema global más grave, ligado a un destino de destrucción, precisa un doble acercamiento: (a) entre las religiones existentes, y (b) entre religión y ciencia. En efecto, en un mundo global es posible avanzar hacia un enfoque religioso común que sea compatible con las religiones tradicionales. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la ciencia sobre la Creación constituyen un sólido cimiento sobre el que puede encontrar asiento ese nuevo enfoque de la religión. En primer lugar, hoy podemos mirar con perspectiva global las tradiciones religiosas que tienen un origen histórico y geográfico determinado. Esas tradiciones han hecho aportaciones positivas a la Historia de la humanidad, pero también adolecen de una pesada herencia de intolerancia y enfrentamientos. Ahora, desde un punto de vista global, pueden distinguirse las religiones históricas, por un lado, y la actitud religiosa común a todas ellas, por otro. 

El enfoque religioso de la vida y del pensamiento es un patrimonio ancestral, anterior a las religiones actuales, como señala Víctor Lapuente. La suma de experiencias religiosas de los más diversos orígenes (desde la meditación oriental a la mística occidental), permite pensar en una nueva relación del individuo con la divinidad que no esté vinculada a una religión particular. La vivencia religiosa puede continuarse por supuesto desde una religión histórica concreta, y de hecho miles de millones de personas siguen esa práctica, pero también puede hacerse, al mismo tiempo y de forma compatible, a partir de una concepción global de la divinidad y de la Creación. Utilizando la identidad nacional como símil, durante mucho tiempo fue impensable la doble nacionalidad de los individuos. Igualmente parecía imposible la integración de países en una entidad supranacional como la Unión Europea. Aquel enfoque exclusivista de la nacionalidad ha sido superado: hoy la doble nacionalidad es aceptada y se habla incluso de una ciudadanía europea compatible con la de los estados. Las distintas naciones de Europa, que lucharon entre sí enconadamente durante siglos, tienden a integrarse pacíficamente sin perder su personalidad. Un individuo puede sentirse bávaro, alemán, francés y europeo al mismo tiempo. De modo análogo, nada impide que alguien pueda sentirse identificado con la religión católica, con la meditación budista y con una religión global. 

Ciencia y religiones 

En segundo lugar, hoy necesitamos un acercamiento entre ciencia y religión. La ciencia ha dado una explicación de la Creación que debe ser incorporada a la nueva actitud religiosa global. Las leyes universales descritas por los científicos tienen valor general, y no dependen de las tradiciones culturales ni de la lengua en que se formulan. Componen el conjunto de ideas más cercano a la verdad universal, tan anhelada a lo largo de la Historia por filósofos, religiosos y pensadores de todo signo. Por su carácter de verdad, las leyes universales desveladas por la ciencia deben ser parte fundamental de la experiencia religiosa. 

En los últimos siglos, la ciencia ha alcanzado un corpus de explicaciones sobre el universo y la vida que era desconocido para las religiones tradicionales. En los orígenes de esas religiones, simplemente no se disponía de tales enseñanzas, por lo que sus interpretaciones del mundo y de los humanos eran propias de las culturas de su tiempo. Las religiones tradicionales contenían relatos míticos del sistema solar, de los fenómenos de la naturaleza, de la salud y la enfermedad, de las luchas entre naciones, de la superioridad de las razas o del papel de la mujer en la sociedad. Hoy no puede mantenerse que el sol gira en torno a la Tierra, que una persona vivió novecientos años, que hay que exterminar a los habitantes de una ciudad sitiada, que las plagas son castigos divinos o que las mujeres son inferiores a los hombres. 

La ciencia ha descrito las leyes universales de la física y la química, ha demostrado cómo se mueven los astros, ha establecido que toda la materia está compuesta por un número limitado de elementos creados en el universo, ha explicado cómo se combinan esos elementos, cómo suceden los fenómenos naturales, ha comprendido el funcionamiento de la vida en la Tierra, y ha comprobado que ésta es un delicado equilibrio producto de un lento proceso de evolución hasta llegar al momento presente. Todo esto resulta hoy esencial ante la disyuntiva entre Creación y destrucción. Del mismo modo que sabemos cómo las leyes universales dieron lugar a nuestro mundo y a la vida, la ciencia también indica que vamos de manera cierta hacia la destrucción. No es la promesa de un paraíso o un infierno ideales, sino la advertencia constatable de que la Tierra se parecerá a un infierno donde la vida humana y la naturaleza sufrirán. 

Las leyes universales no son producto de una revelación divina ocurrida en un espacio y tiempo determinados, sino resultado de un esfuerzo racional, colectivo y acumulativo a lo largo de la Historia. Su valor inmutable no proviene de la razón, que es el medio usado por los humanos para conocerlas. Su auténtico valor proviene de la verdad universal que contienen. Las leyes universales representan lo más cerca que los humanos nos hemos aproximado a Dios, ya que constituyen el lenguaje divino de la Creación. De modo que las leyes universales no pueden ser percibidas como frías descripciones científicas, sino que deben generar respeto y empatía, es decir, una emoción de carácter religioso. Cualquier concepción actual de la religión debe incorporar dichas leyes como la acción divina que dio lugar al universo y a la vida, y sigue haciéndolos evolucionar. 

Los instintos humanos y la destrucción 

Hemos dicho que el individuo se ha situado hoy lejos de la Creación y necesita emprender un nuevo camino que lo reconcilie con ella, para lo que es necesario un nuevo enfoque religioso global. ¿Por qué el ser humano se ha apartado de la Creación? ¿Qué significa que nos dirigimos hacia la destrucción?

Para entender la deriva peligrosa en la que nos encontramos, es preciso recordar algo tan simple como la naturaleza humana. A lo largo de la evolución, el ser humano surgió como animal racional, es decir, un animal al que el uso de la razón dio capacidades increíbles. El ser humano disfruta de la consciencia y de la palabra, transmite los conocimientos adquiridos, es capaz de viajar por todo el mundo, fabricar ciudades, grandes obras de arte y prodigios tecnológicos. Sin embargo, a pesar de esas habilidades prodigiosas, su naturaleza sigue siendo animal. Nace, envejece e inevitablemente muere, sufre enfermedades, tiene necesidades biológicas y, en el curso de su vida, responde a sus instintos sin poder remediarlo. 

Ningún ser humano escapa a las necesidades biológicas y a los instintos. Cualquier persona está sujeta a la ingesta de alimentos, la necesidad del sueño, el impulso para la reproducción, la autoprotección ligada a la agresividad, y la acumulación de recursos para asegurar su bienestar. Los instintos humanos no son exactamente como los de los animales. Son el resultado de una pulsión animal (los animales también se alimentan, se reproducen y acaparan) a la que se suman grandes capacidades humanas como la elaboración de relatos y habilidades tecnológicas. Tales capacidades extrapolan los instintos humanos y los llevan a extremos desconocidos en el reino animal. 

A veces, la suma de instintos y capacidades humanas provoca destrucción en un grado que puede afectar al proceso de la Creación. Debido a los instintos desbocados, los humanos se desvían de dicho proceso y se alejan de la Creación. Los animales son egoístas sin saberlo (los investigadores hablan incluso del gen egoísta), pero en los seres humanos el egoísmo se ha reforzado por medio de la ideología, la organización social y la tecnología hasta el punto de provocar grandes catástrofes. Esto se aprecia bien observando los instintos humanos de agresividad y de acumulación. 

Durante milenios, los seres humanos desarrollaron la agresividad para satisfacer sus necesidades o para defenderse individualmente y en grupos, como hacen otros animales, algo que estudió Konrad Lorenz. Esto dio lugar a guerras para asegurar el predominio del propio grupo, obtener beneficio económico y expandir su cultura y religión. A lo largo de la Historia, el instinto de agresividad se llevó al extremo justificándose con ideologías, y la tecnología dio lugar al perfeccionamiento de potentes armas. Otro instinto humano, la naturaleza social, facilitaba el sentimiento de afinidad con el propio grupo, sobre la base de la raza y la lengua, y el odio hacia los diferentes. El egocentrismo del grupo se transformaba así en etnocentrismo y racismo. 

Durante la Guerra Fría, el desarrollo de los instintos de agresividad, protección y dominación llegó a su cima con la carrera nuclear, que estuvo a punto de causar una debacle planetaria. En el mundo se llegaron a acumular más de 60.000 cabezas nucleares. Las grandes potencias y sus aliados elaboraron la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada. Para vencer al adversario, líderes de muy diversos partidos así como países que se creían civilizados planearon cientos de explosiones nucleares con millones de muertos, la destrucción total de ciudades, así como el deterioro masivo y duradero de la vida sobre la Tierra. Fue un proyecto colectivo, donde los peores instintos se vieron apoyados en grandes capacidades organizativas y tecnológicas. Los ciudadanos pagaron con sus impuestos los aparatos militares-industriales que programaron dicha destrucción durante décadas. El político alemán Willy Brandt denominó esta deriva La locura organizada en su libro de 1986. 

Afortunadamente, la amenaza de guerra nuclear ya no pesa sobre la humanidad, pero los instintos de bienestar y acumulación, extrapolados por medio de la ideología y la tecnología, también están a punto de provocar una destrucción planetaria. La búsqueda del bienestar es un fin loable. Las personas necesitan alimentarse, vestir, divertirse y vivir en un entorno agradable y seguro. El sistema económico dentro de los países y en el ámbito internacional permite hoy atender esas necesidades para la mayoría, y esto es un gran avance de la humanidad. Sin embargo, tales necesidades se satisfacen a través de un modo de vida consumista que sobrepasa con creces la mera necesidad y entra en el terreno del despilfarro. Este modo de vida, multiplicado por miles de millones de personas que habitan el planeta, conlleva el empleo acelerado de recursos, en particular hidrocarburos, con el resultado del cambio climático y una contaminación masiva. Los científicos advierten de que las actuales tendencias de consumo producirán en solo dos o tres décadas una destrucción nunca vista en la Historia y difíciles condiciones de vida en la Tierra. 

La insuficiencia del enfoque actual 

El consumismo a escala mundial tiene difícil alternativa, porque está enraizado en poderosos instintos. El consumismo se ha expandido a todas las regiones y a cualquier cultura, salvo aquellas sociedades sumidas en la pobreza. Las advertencias sobre una próxima destrucción a escala planetaria son ignoradas. El modo de vida imperante ha impuesto una visión inmediata de la felicidad. Como escribió Victoria Camps en El gobierno de las emociones (2011), “buscar la felicidad en la sociedad de consumo equivale a consumir”. De manera poética, Octavio Paz lo expuso así en su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1990: “La contaminación afecta no solo el aire, los ríos y los bosques, sino también nuestras almas. Una sociedad poseída por la frenética necesidad de producir más para consumir más tiende a reducir ideas, sentimientos, arte, amor, amistad y gente a productos de consumo. Todo se convierte en una cosa que se compra, se utiliza y luego se lanza al basurero.” 

 En general, la limitación de los excesos provocados por los instintos humanos se consigue a través de normas sociales. Hoy la esclavitud está prohibida, el racismo, condenado, los depredadores sexuales encuentran enfrente los códigos penales, la igualdad entre hombres y mujeres se persigue a través de mejores normas jurídicas, los sistemas impositivos financian la protección social, y el Derecho Internacional introduce reglas para evitar las guerras. Sucesivos avances de la civilización han dado lugar a conglomerados normativos para controlar los efectos perjudiciales de los instintos. Los diversos campos normativos (religión, ética, derecho, educación y cultura) se complementan e interaccionan entre sí para elaborar mejores normas a lo largo de la Historia, como he intentado explicar en mi ensayo Filosofía de las relaciones globales (2019). 

 Ese conglomerado de normas sociales ha avanzado en la Historia. En el momento actual, sin embargo, la deriva hacia la destrucción provocada por el consumismo global no puede detenerse con ese esquema. Para evitar un desastre ecológico sería preciso reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y el entramado normativo actual es incapaz de cambiar una tendencia global creciente. Las normas para limitar emisiones en la Unión Europea, Estados Unidos y otros países resultan poco significativas porque las cifras globales siguen aumentando de manera espectacular. Si observamos la evolución entre 1990 y 2012 (fecha de referencia para la efectividad del Protocolo de Kioto), las emisiones mudiales de CO2 crecieron un 51,3%, y han seguido aumentando después: entre 1990 y 2019 subieron un 60%, según EU Energy in Figures 2020. Los expertos afirman que la pandemia supondrá un bache en la tendencia de emisiones pero estas volverán a sus niveles anteriores en dos años por el empuje de Asia. Frente al modesto propósito de Kioto de reducir un 5% las emisiones con respecto a 1990 en algunos países que aceptaron voluntariamente el compromiso, la cruda realidad es que desde entonces las emisiones globales han aumentado un 60%. 

El Acuerdo de París de 2015 utilizó un método diferente, ya que, en lugar de reducir (o intentar reducir) el volumen de emisiones, se refirió al objetivo de limitar el aumento de temperatura global a largo plazo. Este enfoque era más una declaración de intenciones que una pauta de comportamiento, por lo que casi todos los países del mundo suscribieron el acuerdo. Dicha declaración de objetivos para fines de siglo deja en el aire una pregunta irresoluble: ¿cómo puede limitarse el aumento de temperatura si sigue creciendo el consumo global de recursos fósiles y, por tanto, las emisiones? 

 Las reglas jurídicas internas e internacionales se basan en las actitudes éticas que definen una civilización. Desde hace tiempo, los filósofos insisten en la necesidad de incorporar la protección de la vida en la Tierra en los principios morales. Un pionero de esta idea fue Hans Jonas, quien en su libro El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica (publicado por primera vez en alemán en 1979) actualizó el imperativo categórico de Kant “no hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti”. En nuestra época, este principio debería ser: “obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la Tierra”. Según Jonas, la ética anterior se refería a las relaciones humanas y ponía el acento en la reciprocidad. En la etapa tecnológica, las capacidades humanas han creado nuevos instrumentos que pueden llevar a la extinción de la especie humana. Esa posibilidad ya no afecta solo a nuestros semejantes en el momento presente, sino que se proyecta a los descendientes, por lo que el nuevo principio moral debe mirar también al futuro. 

Una visión ética tan avanzada ha sido elaborada después por numerosos autores (por ejemplo, Holmes Rolston), para quedar una y otra vez confinada al campo académico, desgraciadamente. El activismo también ha mostrado sus límites porque alcanza sobre todo a los convencidos, mientras que el gran público en los más diversos países y culturas sigue aferrado a un modo de vida que conlleva el derroche de recursos. En el premiado documental Una verdad incómoda (2006), Al Gore explica que inicialmente creyó que unas evidencias tan claras sobre los perjuicios del cambio climático convencerían a políticos y ciudadanos. Tras años de entrega a la labor de divulgar por todo el mundo el reto y las posibles soluciones, Gore confesó su frustración. El economista británico Nicholas Stern advirtió en un conocido informe de que, si no se tomaban medidas para frenar el cambio climático, su coste podría ser del 5% anual del PIB mundial a mitad de siglo. Años después, en 2015, Stern publicó el libro Why are we waiting?, donde básicamente reconocía la ineficacia de las medidas internacionales y afirmaba que el optimismo tecnológico (technophilic optimism) sobre las soluciones no tiene en cuenta los hábitos socio-culturales. Por este motivo, reiteró que el impacto económico mundial sería muy negativo y, en lugar de propuestas económicas o políticas, propuso avanzar en campos como la filosofía y la religión. 

¿Por qué es preciso un enfoque religioso global?  

Frente a la tozudez de los instintos que fundamentan el consumismo, ante el limitado reconocimiento de los principios éticos que exigen respetar la naturaleza, teniendo en cuenta la inoperancia de las normas internacionales, y movido por la frustración que produce el contemplar una destrucción global que se acerca imparable, la idea de desarrollar una religión global que ponga en valor la Creación aparece como último recurso para intentar evitar el desastre. La propuesta de un enfoque religioso no era el punto de partida a priori sino la conclusión desesperada después de un análisis interdisciplinar de la situación mundial. 

El cambio profundo que necesitamos a escala global requiere un motor más potente que los estudios académicos o la conciencia de los convencidos. Se trata de una transformación civilizacional que debe alcanzar amplios sectores de la sociedad global, como otras anteriores que llevaron a aceptar los derechos humanos, la igualdad, o la interdicción de la violencia. Pero esa transformación debe hacerse ahora en un plazo breve y sin esperar al choque que produciría el eco-desastre anunciado, ni otros shocks como revoluciones o violencia. 

Necesitamos una auténtica transformación del pensamiento y de las actitudes, y debe hacerse en un lenguaje que llegue a las mentes y a los corazones, y que alcance a diferentes culturas. Ante tal desafío, debemos movilizar todas las capacidades humanas, incluidas las cualidades únicas del enfoque religioso. La religión tiene una vis atractiva y una capacidad movilizadora propias. El enfoque religioso conecta el pasado, el presente y el futuro para ofrecer explicaciones a la existencia humana, e interpelar a cada individuo. Hoy se habla incluso de religiones espirituales y civiles, puesto que diversas ideologías y doctrinas han adquirido rasgos de las religiones tradicionales. Como ha subrayado Víctor Lapuente en su ensayo Decálogo del buen ciudadano. Cómo ser mejores personas en un mundo narcisista (2021), la noción de la trascendencia impersonal fue clave en el desarrollo del pensamiento humano. Lapuente afirma que “las sociedades avanzan cuando sus individuos supeditan su interés individual a un ente impersonal y abstracto”, que durante mucho tiempo fue Dios, y más recientemente han sido la patria y otros objetivos colectivos. Ahora se trataría de definir una nueva actitud religiosa global que reconociera a Dios como la fuerza de la Creación, y que insistiese en evitar una destrucción inminente como una prioridad moral y social. Este enfoque ofrecería un fundamento renovado para el cambio de modo de vida que se necesita a escala global. Evidentemente, se trata de una propuesta en ciernes que necesita elaboración y concreción, pero quiere jugar un papel de estímulo para el pensamiento y la acción. El problema es transcendental: debemos elegir entre Creación y destrucción. Nos estamos jugando el destino de la humanidad. Ante ese horizonte, un nuevo enfoque religioso global puede incorporar las enseñanzas de la ciencia y entroncar con la tradición que pone el acento en la compasión y el amor universal de las religiones históricas. Esos mismos mensajes se encuentran en la búsqueda de una ética universal. Ante un reto dramático y compartido por toda la humanidad, debemos apelar al enorme potencial que tiene la religión como vínculo para religar a las personas con la fuerza de la Creación.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

La difícil responsabilidad de la Unión Europea en la protección del medio ambiente

 


La Unión Europea y sus Estados miembros mantienen una política activa de cuidado del medio ambiente en su territorio pero también tienen la responsabilidad de liderar la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático en todo el mundo. Esta misión es difícil porque otras potencias globales no están por la labor. Sobre este problema acabo de escribir La difícil responsabilidad de la Unión Europea en la protección del medio ambiente global, para el Instituto de Estudios Europeos. El deterioro del medio ambiente global sigue aumentando, y da igual dónde se produzca (sean los incendios en California o en el Amazonas, las olas de calor en Europa, o las islas de plástico en el Océano Pacífico) porque termina afectando a todos. Los europeos somos los más conscientes de este problema, cuya repercusión se agravará en el futuro, y debemos actuar globalmente de manera decidida para hacerle frente. Este es el texto de mi contribución:

La Unión Europea es líder mundial en respeto del medio ambiente. Sus normas abarcan un amplio espectro, desde la reducción de gases de efecto invernadero, a la calidad del aire en las ciudades, la protección de la flora y la fauna, hasta el uso de plásticos. Una buena síntesis de estas medidas se encuentra en este artículo de Beatriz Pérez de las Heras para el Real Instituto Universitario de Estudios Europeos. En su reciente discurso sobre el estado de la Unión, la Presidenta de la Comisión ha insistido en el Pacto Verde Europeo como prioridad esencial de su mandato. Se trata de un ambicioso plan que prevé un crecimiento sostenible para alcanzar una economía competitiva que no esté basada en el uso de recursos fósiles hacia el horizonte 2050.

Pero la protección del medio ambiente no es solo una cuestión interna de la UE. La Unión lleva a cabo una política exterior activa para conseguir el cumplimiento del Acuerdo de París sobre cambio climático, así como otros patrones globales que tienden a evitar una polución excesiva y el deterioro de la naturaleza. Y aquí es donde surge la dificultad. La Unión y sus Estados miembros son defensores de esos estándares internacionales, pero otros actores globales no se muestran tan dispuestos a adquirir compromisos. A pesar del cumplimiento de los europeos, el medio ambiente global sigue degradándose debido a la acción de otras potencias, en particular los países emergentes muy poblados de Asia. En su relación con esos actores, la Unión Europea insiste en la protección del medio ambiente y la aceptación de normas globales, pero la Unión debe tener en cuenta igualmente otros condicionantes en dichas relaciones, como la necesidad de un comercio en beneficio mutuo o la realidad de sus economías en desarrollo.

La lucha contra el cambio climático y la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero es un buen ejemplo de esa paradoja. Según la publicación EU energy in figures. Statistical pocketbook 2020, la Unión estaba cumpliendo su objetivo de reducir desde 1990 un 20% sus emisiones, lo que la sitúa en el buen camino para la reducción planeada del 40% en 2030. Es un gran esfuerzo que debe ser aplaudido. Sin embargo, otros actores globales siguen una tendencia totalmente opuesta. A diferencia de la Unión Europea y Estados Unidos, que habían reducido sus emisiones entre 2000 y 2018, según el mismo estudio estadístico China había pasado de emitir 3.140 millones de toneladas de CO2 en 2000 a 9.571 en 2018, y las cifras para el resto de Asia habían aumentado de 3.646 a 6.168 en esos mismos años. El continente asiático representaba un 47% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero en 2018.

Esta evolución no significa que la Unión Europea haya alterado la tendencia de sus relaciones económicas con las potencias emergentes de Asia. Todo lo contrario. Si observamos las cifras de comercio exterior, tanto las exportaciones como las importaciones de la UE hacia China se habían duplicado entre 2009 y 2019, según datos de Eurostat, poniendo esta relación comercial cerca de la que existe entre la UE y Estados Unidos, que sigue siendo el socio más importante. Todo esto supone que la insistencia de la Unión Europea sobre el cumplimiento del Acuerdo de París para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero no va por el momento acompañada de consecuencias en los planos político y comercial por lo que se refiere a las relaciones con las potencias emergentes, China en particular.

Algo similar ocurre con el uso masivo del plástico, y la contaminación que provoca, especialmente en el mar. La Unión Europea ha comenzado a tomar medidas contra el abuso de plásticos desechables. Pero otros países todavía no han despertado a la necesidad de afrontar este problema. Diversos estudios demuestran que la contaminación por plástico es especialmente grave en Asia, y que los ríos de este continente están provocando una polución extraordinaria en el Océano Pacífico que afecta especialmente a los recursos vivos. La Unión y sus Estados miembros participan en los diversos foros internacionales que trabajan para la protección de los océanos, el cumplimiento del Derecho del Mar, y la defensa de la fauna marina. No obstante, la actuación de los europeos se muestra infructuosa frente a la enorme magnitud del problema. Los países ribereños del Pacífico de América Latina están llamando la atención sobre los efectos negativos de la contaminación y la pesca excesiva en alta mar porque sienten directamente las consecuencias. Pero en un mundo globalizado los efectos del deterioro del espacio marino terminarán afectando a todos. La Unión Europea y sus Estados miembros deberían implicarse más en cualquier situación global que suponga un quebranto del medio ambiente, sobre todo teniendo en cuenta que las consecuencias son de muy largo plazo y difíciles de revertir.

En el campo de la protección del medio ambiente, se observa por tanto una tensión que es ardua de resolver. Por un lado, la Unión Europea es respetuosa de las normas de protección del medio ambiente y pide a otras potencias globales que también lo sean. Sin embargo, por otro lado, tampoco puede penalizar las relaciones con los países que no cumplen esas normas o establecer una condicionalidad, que esos actores cumplirían difícilmente.

Esa tensión es un gran reto que la Unión tendrá que resolver al final con una acción exterior más decidida. Teniendo en cuenta que la protección del medio ambiente se ha convertido en una prioridad clara para el Consejo y la Comisión, debemos recordar que ese objetivo no se agota en las fronteras de la Unión, sino que adquiere una dimensión global que exige una acción exterior de nuevo cuño, en la que las cuestiones ambientales adquieran una mayor relevancia. La Unión Europea tiene la gran responsabilidad de liderar la defensa del medio ambiente planetario frente a actores internacionales menos conscientes de dicho desafío. Para ser consecuentes con esa responsabilidad histórica, los europeos no solo debemos dar ejemplo sino que también debemos exigir a los demás una conducta responsable. Esta exigencia debe ser un nuevo vector que marque la política exterior de la Unión Europea, incluido por supuesto el comercio, y la de sus países miembros.


martes, 23 de junio de 2020

Una política de Estado tras la crisis



A lo largo del estado de alarma provocado por la pandemia, he trabajado sobre las consecuencias políticas, económicas e internacionales de la crisis. Este trabajo de reflexión ha dado lugar a tres artículos que se han publicado en tres prestigiosos blogs, bajo los títulos siguientes:

Esglobal, 15 abril 2020, La decisión de nuestras vidas.

Hay Derecho, 9 mayo 2020, Una política de Estado tras la crisis

Nada es Gratis, 1 junio 2020, Lo que está en juego en Europa.

En entradas anteriores de este blog, he mencionado los artículos "La decisión de nuestras vidas", y "Lo que está en juego en Europa". Ahora destaco las siete ideas que se contienen en el artículo "Una política de Estado tras la crisis". En ese texto disponible aquí se defiende que la salida de crisis debe ser una oportunidad para hacer reformas profundas en nuestro sistema político, con el fin de conseguir mejores prácticas en la gestión pública y en la presencia de España en Europa. Las siete propuestas se ordenan bajo estos epígrafes:

Consenso político dentro del Estado
La columna vertebral de la sociedad y los ingresos públicos
Papel de la inteligencia y del mérito
La trampa de la deuda
Unión Europea: las fronteras de la solidaridad
Consumismo y medio ambiente
Gobernanza global.

Muchas gracias a los amigos y colegas de Hay Derecho por publicar este artículo!

sábado, 6 de junio de 2020

Lo que está en juego en Europa


El blog de economía Nada es Gratis me publicó este artículo el 1 de junio, titulado "Lo que está en juego en Europa". El texto puede leerse en este enlace

El artículo compara la evolución probable de los cuatro grandes países de la Unión Europea a lo largo de los próximos años. Alemania sorteará bien la crisis y ganará más poder. Francia forma una sólida alianza estratégica con Alemania por lo que estará protegida de turbulencias financieras, pero deberá hacer profundas reformas y reducir el gasto. España deberá adoptar las medidas dolorosas de subir impuestos y reducir el gasto público, para lo que es preciso el consenso de los grandes partidos, evitar la polarización y mucha pedagogía política y espíritu de superación. Italia soportará los peores riesgos porque parte con una deuda del 132% del PIB, una politica inestable y un sentimiento poco europeista en su población. Tales evoluciones plantearán tensiones para la cohesión y la solidaridad dentro de la UE.

domingo, 17 de mayo de 2020

Mi patria son los principios


La pandemia que estamos viviendo pone de manifiesto el papel de la inteligencia y de la prospectiva. Durante años hubo señales que no se escucharon, igual que ocurre hoy con el medio ambiente, pero estamos condenados a que esto sea así. La gente prefiere cerrar los ojos ante las amenazas que se adivinan en el futuro, y los políticos piensan en las siguientes elecciones. Por este motivo, la prospectiva es una tarea ingrata. Si avisas de que algo malo puede pasar, el público se siente molesto y mira mal al mensajero, que solo está intentando cumplir un papel en beneficio de la sociedad. Si la advertencia se cumple, quien predijo el mal tampoco puede decir “lo avisé” porque entonces la gente piensa que es un listillo y en realidad no sirvió de nada que lo anunciara. Para entenderlo: cuando vamos a un taller para la revisión del coche y nos dicen que, además, debemos gastar dos mil euros para evitar un riesgo cierto, la reacción normal es creer que nos están timando y generalmente aguantaremos sin hacer la reparación hasta que sea inevitable.

La misión de la prospectiva se resume en estos diagramas que preparé para el informe Building the future (EUISS, Paris 2007). En el esquema de arriba, la advertencia provoca una reacción, permite evitar un mundo peor (w2), y pasar del mundo actual (w1) a un mundo mejor (w3). En el esquema de abajo, la advertencia no se escucha y vamos de cabeza a un mundo peor. Lógicamente esto debe concretarse y actualizarse a cada momento. En la situación actual, hay señales más que suficientes de que estamos haciendo algunas cosas mal, pero tampoco se escuchan advertencias que lo avisen.


Durante años trabajé en la prospectiva y en el análisis de las cuestiones europeas e internacionales. Ahora soy un simple académico y no tengo muchas posibilidades de presentar advertencias en el proceso de toma de decisiones. El análisis que uno hace, fruto de una larga experiencia, tiene un impacto muy distinto si está en un puesto de responsabilidad o si no tiene ninguna. En el primer caso, los informes entran en el engranaje de decisiones europeas o nacionales y tienen cierta influencia. Si uno está fuera del proceso decisorio, el trabajo producido tiene la misma calidad, pero con un impacto mínimo. Esto no ocurre solo a los académicos, sino también a los políticos, diplomáticos, militares o funcionarios que han tenido puestos relevantes y, después, comprueban que sus opiniones valen poco cuando han salido del sistema.

Este fenómeno es lógico porque no todo el mundo puede influir en las decisiones públicas, pero se ve agravado hoy debido a dos factores. Por un lado, la prensa, la televisión y Twitter son la medida de todas las cosas. Quienes toman decisiones dan prioridad a esos impulsos, lo que no es adecuado en tiempos convulsos porque es preciso análisis de calidad y este no depende de las audiencias. Por otro lado, el conocimiento sobre las cuestiones sociales no es hoy acumulativo, a diferencia de lo que ocurre con las ciencias experimentales. El hecho de que todo el mundo pueda opinar hace que todas las opiniones parezcan iguales. El mandatario debe tener una sensibilidad especial para identificar la mejor asesoría en un mundo complejo en medio del ruido, sensibilidad de la que disfrutan solo algunos líderes. En estas condiciones, se desincentiva la tarea de los expertos, y se prima el envoltorio más que los contenidos.
 
La prospectiva y el análisis se hacen con un propósito final. En general, el objetivo es hacer un país mejor, por lo que el motor es el patriotismo más allá de las ideologías y los partidos. En mi libro España en positivo, defendí el patriotismo constitucional frente al nacionalismo. Cuando la prospectiva se hace para la Unión Europea, hay que tener una convicción europeísta para hacer avanzar la integración y la paz en el continente, y el papel de Europa en el mundo. Pero el buen analista debe tener un marco de referencia incluso más amplio en un mundo global, y este marco de referencia son los principios democráticos y de convivencia pacífica. Aunque el sistema se quiebre o no funcione, es fundamental mantener esos valores para hacer progresar la Historia y evitar retrocesos dolorosos, como he explicado en mi trabajo sobre Filosofía de las relaciones internacionales. Precisamente la labor del analista es más necesaria que nunca cuando esos principios se ponen en juego, como va a ocurrir con la crisis que viene.

A lo largo de mi trabajo universitario y en las instituciones, siempre encontré inspiración en las grandes figuras de la primera modernidad. Francisco de Vitoria nunca alabó sin más lo que hacía su país, sino que juzgó lo que estaba ocurriendo en América de acuerdo a principios de humanidad. Fue cauto en sus lecciones en la Universidad, pero su verdadero genio se muestra en las cartas a sus amigos de la década de 1530. Allí criticó los abusos de sus compatriotas tanto como las prácticas inhumanas de los nativos americanos y afirmó la igualdad de todas las personas, haciendo brillar un espíritu adelantado a su tiempo. Miguel de Cervantes fue un gran patriota y soportó con entereza el hecho de que la administración de su tiempo ignorase sus peticiones de un puesto público. Pero el patriotismo de Cervantes no se refería solo a su país, que no supo agradecer los servicios prestados, sino que estaba vinculado a una patria más ideal: los principios encarnados en las virtudes que Don Quijote enumera en diversas ocasiones, y que Sancho aplicó también en su ínsula para sorpresa de sus burladores.

La crisis profunda que comienza ahora será económica, social, política, internacional y de valores, y conllevará riesgos mayores de lo que muchos imaginan. Aplicando el método “what if” en mi bola de cristal, afectará gravemente la vida política dentro de los Estados, pondrá en juego a la propia Unión Europea, así como grandes avances históricos. Requerirá la implicación de todos, y una renovada confianza en los principios fundamentales de convivencia que, en nuestro mundo global, son la patria inexcusable y auténtica.

miércoles, 13 de mayo de 2020

El drama de la austeridad, segunda parte


He recibido numerosos comentarios a mi artículo Una política de Estado tras la crisis, publicado por la Fundación Hay Derecho, con siete ideas provocadoras. Quienes no aceptan que los salarios públicos y las pensiones bajen dicen que, si esto ocurre, saldrán a la calle para hacer la revolución. Los que tienen dinero, tras leer que hay que acabar con la elusión y evasión fiscal, me preguntan qué países son los mejores para llevarse sus cuentas. Como afirmo que hace falta consenso, los amigos más políticos responden que solo su partido puede hacer frente a la crisis. Y finalmente, a casi nadie le gusta la idea de que debemos cambiar de modo de vida para hacer una sociedad más humana y respetuosa con el medio ambiente. ¡No se puede complacer a todo el mundo!

Las reacciones más fuertes son de aquellos que rechazan la austeridad y piden mayor gasto público e inversiones para superar la crisis. Cuando digo que habrá que reducir el gasto, no quiero decir que eso me guste. Por favor no disparen al mensajero. Soy un firme defensor de lo público, y es evidente que los países avanzados son aquellos que tienen buenos sistemas sanitarios, educativos, de protección social, de justicia y seguridad, y por supuesto inversión adecuada en ciencia e investigación. El artículo advierte simplemente que, mirando la experiencia histórica, el gasto público tendrá que reducirse. Esto es lamentable pero será también inevitable. Y no dependerá del color del gobierno sino que cualquiera se verá en la obligación de hacerlo porque seguramente no quedará dinero en las arcas públicas, la recaudación no llegue, y la financiación externa sea demasiado cara. Al mismo tiempo, será preciso también subir los impuestos directos e indirectos y luchar contra el fraude fiscal y la economía sumergida. Y esto lo hará también cualquier partido en el gobierno.

En la crisis de 2008 vivimos un primer debate sobre la austeridad en Europa, y ahora comienza la segunda parte. Aunque esta vez será peor, porque aquellos años el epicentro fue Grecia (también Irlanda y Portugal), y seguramente ahora se centrará en Italia, con España en una situación algo mejor. Hemos olvidado muy pronto lo que ocurrió tras la crisis de 2008. Al principio, el Gobierno de Rodríguez Zapatero vivió una etapa de negación hasta el cambio brusco de las “políticas de ajuste” en mayo de 2010, que afectaron las pensiones, salarios de los funcionarios y e inversiones, hasta un punto que no recordamos. En otros países fue más doloroso, como es bien sabido. Grecia mantuvo una larga pugna con las instituciones europeas para evitar la quiebra, y tuvo que hacer reformas en muchos sectores. Alexis Tsipras fue elegido con la promesa de hacer frente a las medidas draconianas de la UE, pero una vez que llegó al gobierno administró la misma amarga medicina, quizás con la única ventaja de explicar al pueblo griego su necesidad. Entre 2010 y 2017 Grecia aprobó 14 paquetes de ajustes, que llevaron a bajadas sustantivas de las pensiones y los salarios públicos. Irlanda y Portugal también tuvieron sus propios programas de austeridad.

Al comenzar esta gran crisis que se anuncia, España y otros países europeos no estamos en una buena posición para enfrentarla, aunque España está quizás algo mejor que Italia. Hay que aumentar el déficit y la deuda, y las diferencias de partida son importantes. Uno de los caballos de batalla serán las pensiones. Según datos de la OCDE, los países de la UE emplean hoy estos porcentajes del PIB en pensiones: Grecia 16,9, Italia 16,1, Francia 13,9, Portugal 13,3, España 11, Alemania 10,1. Igualmente, el interés de la deuda es hoy un 2,4% del PIB para España mientras que Italia paga un 3,5% de intereses. Otro asunto importante serán los salarios públicos y privados. El sueldo de los funcionarios tendrá que verse afectado, pero será preciso también moderar los salarios. A lo largo de la anterior crisis, donde más bajaron fue en Grecia e Irlanda, en España se mantuvieron, mientras que en Italia y Francia subieron, según muestra el gráfico al comienzo de este comentario. En este aspecto, que los economistas llaman devaluación interna, estamos algo mejor que los últimos países mencionados.

La nueva temporada de austeridad no será fácil. Pertenece al género del drama político y la tragedia social. Se trata de un debate abierto que implica tanto a teóricos como a decisores políticos, pero el desenlace ya se puede prever. Para exponerlo de manera sencilla, un país en crisis necesita inversiones públicas, empleo y crecimiento para salir de la crisis, y poder pagar sus deudas. Pero si la recaudación fiscal es baja, y la deuda es demasiado alta entonces no podrán realizarse las inversiones y el gasto público que necesitamos. La Unión Europea y las instituciones financieras internacionales no dispondrán de recursos suficientes ante una crisis generalizada, y conseguir fondos en el mercado será demasiado oneroso. Habrá tensiones y frustración. La prioridad será buscar el mayor grado de cooperación europea posible, y la mantener la paz social a través de pedagogía política por parte de todos los partidos.


viernes, 8 de mayo de 2020

El sentimiento complejo de la vida se debe simplificar


El confinamiento lleva a replantearnos el ritmo de vida. Antes, nuestro ritmo de vida era demasiado acelerado y estresante. Hay que reconocerlo. Sin duda, el parón tampoco es bueno, pero lo ideal sería encontrar un nuevo término medio, más razonable y humano. Y esto no es cuestión de las leyes que van a regular la desescalada, sino un asunto que afecta a la cultura, la sociedad y las modas.

Uno de los problemas más graves de nuestra vida social es que vamos añadiendo cargas que producen gran ansiedad. Hace cien años la vida era más fácil y lenta, mientras que en las últimas décadas se ha impuesto un sentimiento complejo de la vida, que se ha convertido en una prisión de la que es difícil escapar. Existe una enorme presión social para tener éxito en el trabajo y en la familia, pero además uno debe ser atractivo, joven, deportista, culto, ecológico, ético, conocedor de la gastronomía y del vino, emprendedor, gran viajero, a la última de todas las series y todos los aparatos electrónicos, y por si faltaba algo debe tener también muchos seguidores en las redes sociales. Para las mujeres la carga es tremenda, porque deben ser buenas madres y al mismo tiempo responder a los retos profesionales, pero es indudable que sobre los hombres también pesan exigencias y no es fácil para ellos responder a lo que la sociedad hoy les reclama.

El sentimiento complejo de la vida produce ansiedad, estrés y frustración. La ambición humana, un instinto natural, hace que el hombre y la mujer de hoy quieran serlo y tenerlo todo y, obviamente, esto no es posible. La felicidad ya no se cifra en la salvación en el más allá, sino que viene definida como la riqueza, la belleza perenne, el consumismo sin freno, y el éxito en el más acá. Esto genera evidentemente una gran insatisfacción, y también consecuencias nefastas sobre la salud física y mental. El confinamiento ha impuesto un modo de vida diferente, que mira a aspectos más básicos de la vida, y recuerda que somos vulnerables. Una consecuencia positiva del trance actual sería replantear el modo de vida tras la crisis. Si retorna el business as usual como si nada, volverán los antiguos males, y habremos perdido el aspecto de oportunidad que siempre traen las crisis.

Elaborar un nuevo sentimiento de la vida menos complejo y más natural tras la pandemia será una tarea en la que los pensadores y los creadores de opinión podrían ayudar. En mi opinión es preciso restar complejidad, y quitar cargas y exigencias innecesarias a nuestra vida social. Sugiero dos vías de actuación. Por un lado, deberíamos recuperar el amor por la naturaleza, e incluso la contemplación de la realidad. Es estúpido ir a un sitio para hacerse un selfie y salir corriendo, sin conocer y experimentar. Recuerdo aquellas conversaciones al vuelo: “Tailandia ya lo he visto, ahora tengo que ver Vietnam”. Los paseos que hemos dado en ciudades libres de coches han sido un redescubrimiento de sus calles. Otro aspecto que sugiero es poner el acento en el arte y la creación. Entre mis jóvenes estudiantes, observo que ya no tienen paciencia para leer un libro, acostumbrados como están a mensajes cortos, videos e imágenes de las redes sociales. Pintar, leer, escribir, hacer o escuchar música, cocinar, danzar, etc., todo esto favorece la creatividad, y permite apreciar el gran patrimonio cultural que tenemos a nuestra disposición. Muchos están al tanto de las últimas series mediocres pero no conocen el cine clásico. En el engranaje implacable y consumista del sentimiento complejo de la vida que nos aprisionaba, habíamos olvidado la dimensión cultural, espiritual y de relación con la naturaleza, que es necesaria para el equilibrio humano.